El intrépido presidente

La calidad de los edificios comienza en los cimientos. Cuando se construye una casa sobre arenas movedizas y, además, se emplean materiales de desecho, el resultado tiene que ser fatal. Eso le está sucediendo a nuestro Gobierno. Nació de un contubernio y los resultados están a la vista. Su política, de puertas para adentro, ha gastado las energías en satisfacer los deseos de aquellos socios que mantienen el tinglado, sin llevar a cabo ninguna medida de equidad, y estableciendo una escala de prioridades difícil de comprender. La consecuencia inmediata no ha tardado en aparecer: más déficit, menor poder adquisitivo, malestar entre comunidades que se sienten claramente perjudicadas y, en general, descontento en muchos colectivos.

En el llamado procés catalán, para qué insistir. El gobierno está accediendo a cuantos chantajes le someten los independentistas a cambio de recibir su apoyo a los PGE: ausencia práctica de toda sensación de autoridad, escandaloso desequilibrio en la dotación para infraestructuras, dejación en política penitenciaria, falta de defensa del castellano, etc.

El otro tema caliente, de rabiosa actualidad, es el malestar del mundo del taxi. El enfrentamiento entre las agrupaciones de taxistas y las empresas de VTC ha surgido desde la aparición de estas últimas. Lo que hasta aquí había sido un monopolio, más o menos encubierto, del servicio público en taxi, de la noche a la mañana, y como consecuencia del lógico avance de la sociedad, puso en escena la nueva figura de los VTC –que ya funcionan por medio mundo civilizado. Como consecuencia de la falta de regulación para encajar esta nueva figura en el engranaje diario del transporte de viajeros, se ha ido dando palos de ciego, casi siempre en perjuicio del taxi. De nada han valido las protestas de este colectivo, que se ha visto abocado a las medidas de fuerza.  Como ha sucedido en tantos otros temas, los gobiernos de turno han mirado para otro lado; lo que ha dado lugar a todo un rosario de abusos. Cuando no eran los estibadores, aparecían en escena, controladores aéreos, maquinistas, empleados de metro, servicios de limpieza, etc.;  que se bastaban para poner patas arriba la vida del sufrido contribuyente, ajeno siempre a la refriega, pero primer damnificado. El jaque mate adquiere, a veces, tal magnitud que se basta para poner en peligro la vida y el desarrollo de la producción de factores estratégicos. Como nunca pasa nada, los afectados no dudan en chantajear al Estado con aquello que más daño le hace. Con este problema del taxi, hasta que el Gobierno se decida a legislar –que es su obligación, y no delegar en otros- tendremos problemas a diario. La calma y el bienestar de los ciudadanos deben prevalecer ante los intereses de unos pocos. Ahí está la función del legislador, y no en desenterrar  viejos fantasmas.

Si hablamos de la política exterior, el panorama sigue siendo muy oscuro. ´Por la falta de decisión del gobierno, España perdió una gran ocasión para obtener ventaja en nuestro contencioso con el Reino Unido por la situación en Gibraltar. O no se supo o no se quiso ejercer presión en el momento oportuno. Nuestra clara debilidad fue hábilmente utilizada por el gobierno inglés para obtener unas condiciones claramente favorables en su acuerdo sobre el Brexit. Se pretendió convencernos de haber conseguido algo que nadie reconoció. El resultado final es que Gibraltar, con Brexit o sin él, seguirá siendo una afrenta para el pueblo español. Una vez más, por la falta de decisión de un gobierno que no es dueño de sus decisiones.

En política exterior, otro tanto sucede con la actual situación del pueblo venezolano. Aquí ha quedado reflejada la dependencia que tiene Sánchez de los que le han instalado en la Moncloa. Para que la desvergüenza y el sonrojo lleguen al máximo, hemos tenido que comprobar cómo Francia, Alemania o Reino Unido se han manifestado contrarios al régimen de Maduro antes que España. Se podrá argumentar con evasivas y medias verdades, pero lo cierto es que la primera declaración de Sánchez, ante la proclamación de Juan Guaidó como nuevo presidente de Venezuela, fue de negarse a engrosar el número de los países que le reconocían. Quiero pensar que, en este tema concreto de Venezuela, pesaba más la amenaza podemita que la indecisión de Sánchez. Como siempre, ante la ola de reproches -interiores y exteriores- llega la aparente rectificación. Ahora, nuestro presidente, se erige en paladín de occidente y concede a Maduro un plazo de ocho días para que convoque elecciones, so pena de reconocer a Guaidó como presidente. Su primera obligación habría sido liderar un reconocimiento, en bloque, de toda la UE. Al menos, haberlo intentado. Millones de venezolanos, de dentro y de fuera, estaban esperando a la madre Patria. Ha tenido más fuerza el rechazo de Iglesias y Garzón que las numerosas naciones que confiaban en el ejemplo español.

Por la manía de decir una cosa y, acto seguido, la contraria, Pedro Sánchez “amenaza” a Maduro y este le proporciona el oportuno “zasca”. Vamos, se lo ha puesto a huevo: ¿Por qué no celebras tú elecciones, si has sido elegido sin los votos de los españoles? Maduro, desde luego es un dictador responsable de demasiadas muertes, pero no le falta la razón en esta respuesta. Ahora bien, apremiarle para que convoque elecciones ya supone, de hecho, reconocerle una legalidad que ha demostrado, con creces, no merecer.

Las personas que piden a Maduro la convocatoria de nuevas elecciones ¿están convencidas de que con eso será suficiente para que abandone el cargo? ¿Quién garantiza la limpieza del nuevo proceso? Ya ha dado demasiadas pruebas de lo contrario. El pueblo venezolano lo primero que necesita es ayuda urgente y para ello deben involucrarse naciones y organismos internacionales que hasta ahora permanecen en silencio. Si por algo se caracterizan las naciones que apoyan el actual régimen venezolano, no es precisamente por el grado de bienestar de sus súbditos. Los dos grandes “patrones” del bloque -Rusia y China- son verdaderas potencias a nivel mundial, que se esfuerzan para no quedarse solas con su credo marxista y atrapan estrechamente a los países que les declaran su simpatía.

Así pues, para no acabar como Maduro, yo recomendaría a Pedro Sánchez que tenga el valor de agarrar por los cuernos de la realidad los problemas que interesan a los españoles, y que no haga dejación de sus funciones para satisfacer a quienes le están utilizando en beneficio propio, y en detrimento de todos los españoles. Que deje de ser un presidente pusilánime. Sea más intrépido, Sr. Sánchez. Será la única forma de no estar en boca de los verdaderos demócratas – algunos compañeros de partido- y de albergar una remota posibilidad de no ser separado por los electores.