Inigo Aguijón.

Hace cuatro o cinco días escribo y reflexiono acerca de los últimos acontecimientos que han conmovido a la formación política de Podemos. Leo a un consagrado politólogo y me digo: “algo de razón tiene en lo que dice”. Poco después a otro y casi me convence de lo contrario. Para mí, entre tanto desconcierto, sólo permanece, cual brújula que apunta al norte, la opinión del señor Inda. Si este señor se muestra eufórico con la espantada de Iñigo Errejón, ello quiere decir que el destrozo causado es mayúsculo. Respecto a las razones y los procedimientos empleados, decía, cada tertuliano tiene su opinión. Sin embargo, el resultado final es el que sigue:  los partidos de izquierda concurrirán a las próximas elecciones municipales y autonómicas en la peor de las condiciones. Si, como todo apunta, coincidieran las generales, me temo que terminaremos llorando en el cuarto oscuro.

Para nada pienso que la movida de Iñigo haya causado, por si misma, tal desaguisado. Si así fuera, habría también que mencionar, como cooperadores necesarios, a Julio Llamazares, Manuela Carmena e incluso a Pedro Sánchez. A este por comisión al ofrecer cobijo al tránsfuga y por inveterado omitente. (Omitente: Persona que está en contra de algo y se abstiene de protestar activa y públicamente por miedo de represalias).

Se me hace que existen, grosso modo, dos clases de votantes: unos que votan al tópico y otro a sus intereses. Un voto irreflexivo frente a otro reflexivo. Dicho de otra manera: unos votan al líder o la consigna y los otros al líder que mejor lleve a término el programa político. Anguita decía: “Programa, programa, programa”. Y cierta razón tenía. Aznar dice: “Ni tutelas, ni tu tía”. Y alguna razón tiene.

En eso, el votante del PP siempre ha sido muy consecuente. Para ellos, carnicería previa entre candidatos, lo esencial es el contenido. O sea: tradición, liberalismo económico, y privilegios sociales. La izquierda, la actual, no ha sido tan consecuente. Sus principios socialistas quedaron por el camino. Se decían obreros, pero no los defendían. Se decían internacionalistas y no lo eran. Se decían puros y castos, y tampoco. Que alguna derecha meta mano en la hucha, es lo suyo. Pero ¿qué también lo haga alguna izquierda?

¿Entonces, cuál será el remedio a tanta desafección?: el voto transversal.

Los términos “transversalidad” y “populismo” me suenan a primos hermanos. Los dos admiten ciento y una acepciones. Los dos recuerdan a unas grandes rebajas en las que personas de toda condición compran lo que les echen. No obstante, transversalidad suena a positivo y populismo a negativo. Ejemplo esclarecedor: si un candidato logra captar el voto de los que frecuentan los grandes almacenes es un acreditado estadista. Si dicho candidato no logra tal resultado es un despreciable populista. Ya se sabe: el triunfo todo lo santifica.

Pues bien, pareciera que la estrategia de las agrupaciones de izquierda consista en ver quien ofrece una hoja de ruta, (¡qué bonita expresión!), más transversal. En otras palabras: quién ofrece el mínimo de los mínimos comunes divisores. ¡Señores y señoras las grandes rebajas han comenzado: compre Podemos, compre Actúa, compre Más, compre Ahora, compre Arriba, compre Abajo, cómprenos a los de siempre…! Y hala, a ver quién vende más y a ver quién se roba más clientes.

Pensándolo mejor, transversal no resulta una expresión tan positiva. Con ese término, en algún contexto, se alude a lo oblicuo y lo oblicuo evoca lo retorcido. Esa generosa petición del voto transversal, ese sacrificarse por el bien común, quizás enmascaren otras intenciones no confesas. Por desgracia, uno se hace muy mal pensado. Por ejemplo, siento curiosidad por saber en qué termina la Operación Chamartín…