Jueves, 13 de agosto de 2020

Errejón: el tránsfuga bonito

Carmena junto a Errejón

Si en España la cultura política fuera más sólida, la última movida de Errejón pasándose a las filas de Carmena debería ser eso: la etapa final de un político maniobrero, ambicioso y desleal con sus compañeros, que antepone su criterio y su interés personal al de su partido, al que dice amar por encima de todo. (Debe de ser aquello de “lo maté porque era mío”).

Errejón, que es un chico inteligente, leído y con experiencia política, ha de ser consciente de los problemas que causa a Podemos con su decisión y de los riesgos en que coloca a la izquierda en general. Ahora mismo, en la comunidad de Madrid, la diferencia entre la derecha (PP y C’s) y la izquierda (PSOE y Podemos) es de un solo escaño, pues la distancia de votos entre un bloque y otro en 2015 fue de un escueto 0,6 %. Con la movida de Errejón se fuerza la presencia de otra opción más en la izquierda, con la consiguiente división del voto. Está de más señalar a quién puede favorecer eso, si bien la previsible remontada de Vox en Madrid –que apenas arañó votos en las últimas elecciones– puede tener un efecto similar en la derecha y, en todo caso, el alto número de componentes de la asamblea madrileña, 129, y la misma dispersión del voto con tantas opciones harán que no se note tanto esa división. Pero la apuesta no deja de ser arriesgada y, hasta la fecha, escasa de argumentos justificadores.

El asunto se las trae, porque así se facilitaría la vuelta a la comunidad de los “liberales” de Esperanza Aguirre, ahora reforzados en el PP de Pablo Casado, lo cual nos recuerda que fueron otros dos tránsfugas del PSOE los que propiciaron el acceso de la derecha –y de la corrupción masiva– en las elecciones de 2003 (el “tamayazo”). Y lo más estrambótico es que la operación quiera revestirse con el ropaje de la “unidad” de la izquierda y de la transversalidad. “Sumar yendo más allá de las siglas”, dice Errejón, que prefiere ahora las palmaditas en la espalda de la “gente” de la calle a ese 90 % largo de compañeros que le eligieron como cabeza de lista. Que prefiere las “plataformas” a los partidos. Pero, cabe preguntar: ¿para qué esas plataformas, además de la autopromoción?, ¿por qué vale menos un Errejón encabezando una lista y un programa ya bastante avanzado que otro liderando a no se sabe quién para no se sabe qué?

Y aunque parezca algo novedoso y prometedor, o al menos así lo viene presentando la prensa con síndrome de abstinencia de líos y batallitas partidarias, se trata de una práctica ya vista. El  transfuguismo viene siendo una lacra del sistema político español desde hace bastantes años. ¿Para cuándo una norma legal que lo impida o, al menos, lo desincentive? La idea es sencilla: cualquier cargo electo podrá cambiar de partido, pero deberá ceder el puesto a la organización que le presentó a las elecciones, pues de otro modo se comete un fraude a los ciudadanos y al propio partido. La constitución dice en su artículo 6º que los partidos son instrumento imprescindible para expresar la pluralidad política de la sociedad y para representar a la ciudadanía en las instituciones. Ello exige un mínimo de coherencia ideológica y de estabilidad organizativa sin las que las apelaciones a la “transversalidad” o al “contacto con la gente” son mera palabrería.

Pero la misma constitución, en su artículo 67.2, defiende la autonomía del cargo electo respecto de su partido y la jurisprudencia se ha basado en eso hasta ahora para avalar el transfuguismo cada vez que se ha denunciado algún caso. Evidentemente, es una razón más para reformar esa constitución.

Post scriptum: todo lo dicho vale también, en general, para Gaspar Llamazares, un caso quizá más grave de transfuguismo, teniendo en cuenta su mayor experiencia y la triste ejecutoria de Izquierda Unida con ese problema.