Sábado, 17 de agosto de 2019

El fuego de los días

Hay hielo en el río y sin embargo. Cada garza es un vuelo que rompe la niebla. El invierno hace todo difícil porque el día se demora en rasgar. La mañana se hunde en la bruma y hace falta meter estas manos en mitad de una nube a ras de suelo que todo lo borra, sumergir aquí los pasos sin saber hacia dónde. El invierno es blanco igual que una noche, aunque la noche sea negra, porque es parecido no ver cuando todo está cubierto y a salvo de la luz. Aquí, sumidos en la encía del frío, parecemos fantasmas que llevan su velo de espuma y espejismo, aquí nos saludamos, entre bostezo y bostezo, al pedir un café a las ocho aún oscuras de enero en su alba.

A veces, por la prisa y el ceño fruncido (con justicia, pues se nos han puesto las manos azules), dejamos de ver el paisaje: su misterio de esponja y la verdad que anida en los poros de sus entrañas: la niebla es arenilla de hielo. La niebla nos cruje en los zapatos ateridos hasta que damos de bruces con lo real de las nubes cuando están así, tan al alcance de los dedos, que podemos tocarlas. Hay dos maneras de pensar en este océano de vaho: a) como si fuera un muro, b) como si fuera un puente. Cualquiera de estas en la que elijas creer te dará la razón. La niebla es un muro si te encierra de antemano, si te ahogas, en ella, de añoranza. La niebla es un puente si la miras, si tus ojos se adentran, despacio, como metiendo los pies en el mar hasta que un banco de peces muy suaves te besa las piernas.

En el centro de ese puente hay un fulgor, una ráfaga de luz amarilla que atraviesa lo oscuro hasta alcanzarte. Descubres entonces, tal vez, aquella idea, aquella que solo ha sido posible porque todo está quieto y es una idea que habla de ti, de algo que está por debajo y pide a gritos que lo entiendas. La idea tal vez te recuerde aquel tiempo, sin horas, cuando todavía reías con fuerza y todo era más liso, menos lleno de espinas, la idea, tal vez, pudiera ser el chispazo de un sueño, el espectro de algo que te habías prometido jamás olvidar y olvidaste, como tantas otras cosas. La idea puede incluso ser la respuesta de eso que estabas buscando, la punta del hilo de un momento eureka. La bruma es un puente cuando aceptas que también es posible caminar sin un mapa, a condición de que acates, con el miedo tronando bajito, el ruego de tu imprecisión, el oleaje de tu esquina más blanda.

Tiritas, también bajo las mantas. Husmeas el hueco de ovillarte antes de entrar en la humedad de las sábanas. Paladeas el rigor buceando en lo helado hasta que, por fin y con esfuerzo, te duermes. Masticas el desierto en la arenilla de hielo de niebla que te cala la boca. Sabes. Que has elegido morder lo difícil hasta encontrar el relámpago, encima de aquel puente, agrietando la nuez de las revelaciones para desvelártelas. Allí crepita el fuego en el centro del hielo de los días, esa llama que arde en el tuétano del frío. El mismo temblor. La voz que sube del centro del mundo con su piel de escarcha y te dice que hoy también el suelo duele pero que, por dentro, la tierra está bullendo de los sueños que sueñan las raíces que afianzan.

Enero crepita de témpanos que arden y te deja las mejillas coloradas. Tienes invierno para tejer con insomnios las hebras de los frutos que todavía no han sido (pero que irrumpirán, como aquel lirio, en su gloria triunfante). Tienes invierno para admirar a (y aprender de) aquella señora de la panadería que trabaja allí, aterida y sonriente, con la calefacción estropeada y la puerta de par en par. Adviertes su ternura, la lucidez de su heroísmo engrasando las bisagras del mundo, mientras te entrega un café que te siembra el calor en las manos y te dice que hoy hará bueno, pero que no te confíes porque hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Al río han llegado ya las garzas y hay cantos de aves, hay vuelos que despuntan, en el corazón de la niebla. Qué dicen y a quién. El frío también es un puente que ahonda si caminas en él con las manos abiertas.

Salamanca, 18 de enero de 2019