¿Queda aún alguna alternativa?

Cien años atrás, algún economista, uno de barbas enterrado en el cementerio londinense de Highgate, pronosticaba: “el componente irracional alojado en el formidable modo de producción capitalista terminará por destruirlo”. La semilla de destrucción reside en la compulsiva necesidad de concentrar la riqueza en las manos de unos pocos. La ley del más “fuerte”, se esconde detrás de tal pulsación suicida.

En la actualidad, nos encontramos ante una cruel paradoja: el mercado genera beneficios, pero carece de medios para protegerse de sus propios excesos. El ideal keynesiano, según el cual el mercado se autorregula y el Estado juega un papel benefactor, ha dejado de tener sentido. Quizás lo tuvo en el contexto de la “guerra fría”. En efecto, frente al “paraíso socialista” había que oponer un Estado de Bienestar en occidente. El éxito del capitalismo, del fordismo, fue arrollador. Esta rotunda afirmación se la robé a Eric Hobsbawm, un historiador marxista al que nadie podrá tildar de chaquetero. Con la caída del muro de Berlín, las sociales democracias habían dejado de ser útiles. Los escaparates llenos de bonanza y prestaciones sociales sobraban. El mundo capitalista entraba en una nueva fase, sus enemigos internos y externos habían sido neutralizados.

En efecto, había llegado la hora de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan. También, la de su famoso grito de guerra: “There is no alternative”. O el de Fukuyama: “la historia de las ideologías ha llegado a su fin”. Su significado era el siguiente: “desde este momento sobran las políticas y deciden los mercados”. Así, a partir de la década de los ochenta, se extenderá por todo el mundo occidental el más salvaje neoliberalismo económico.

Cuarenta años han sido suficientes para que las clases medias perdieran su acomodo, se acabe con el estado del bienestar, afloren los nacionalismos y la riqueza se concentre en un escaso diez por ciento de la población mundial. ¿Hay más horrores? Sí, hay más: las guerras neocoloniales impulsadas desde algunas multinacionales (Irak, Libia, Yemen, Sudán, Siria, Ucrania); la irrupción del terrorismo internacional, financiado primero, y combatido después, por los mismos actores; la imparable corrupción institucional; los paraísos fiscales siempre presentes; en fin, el debilitamiento del Estado de Derecho y de los valores democráticos más elementales, tales como el de la honradez en la gestión pública y la solidaridad con la población más desfavorecida.

A todo ello se une la aparición de una contradicción en extremo inquietante: la existente entre la voluntad del poder del sistema y su palmaria incapacidad para gestionar procesos reales. Valgan como ejemplos: el medio ambiente, la inmigración, el paro, la sanidad pública, la educación, la vivienda y las pensiones.

 ¿Exageración? Depende de la fuente informativa utilizada. Si son las “sistémicas”, casi todas lo son, lo que aquí se dice sería puro derrotismo. En efecto, aquellas fuentes difunden consignas cargadas de esperanza: “tened paciencia, las vacas gordas están a punto de llegar”. Y los ciudadanos corrientes y molientes, esos que apenas pueden llegar a fin de mes, se sienten agradecidos, aprietan los dientes y esperan al maná salvador. Sin embargo, lo que apenas trasciende es que los beneficios de unos pocos se han centuplicado y el de muchos, decenas de veces reducido.

¡Bendita crisis! Se rizó el rizo. Las pérdidas se socializaron y los beneficios no se repartieron ¡Inaudito que tal estado de cosas se haya alcanzado por las buenas!  Posible explicación: los sindicatos fueron comprados, las izquierdas tradicionales fueron compradas. ¿Suena muy fuerte tal afirmación? Una anécdota repetida por toda la geografía española (incluida Cataluña): cierto personaje fue elegido alcalde de una ilustre ciudad de provincias, se encuentra con un amigo confiable, le dice: “fulanito ahora si que me voy a forrar”.

No obstante, el colmo de lo grotesco es escuchar argumentos de este jaez: “incrementar unos puntos el salario mínimo generará pobreza y aumentar la fiscalidad a los grandes impositores disminuirá los beneficios sociales” O sea: cuanto más se concentre la riqueza en unas pocas manos todos seremos más felices. Otra manera más imaginativa de expresarlo: “las migas de la mesa que caerán al suelo serán más abundantes”.

¿Será posible otra alternativa? Mi opinión absolutamente prescindible: ninguna. La habrá después de que descarrile el tren en el que todos viajamos. Un tren que marcha a cien por hora sin conductor. Al respecto recomiendo la lectura de la “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano” de Edward Gibbon. La historia, en suma, es una sucesión de relatos, en un principio prometedores y al final siniestros.