Sábado, 24 de agosto de 2019

La realidad no atendida

Se nos hace creer de continuo que la única y verdadera realidad es aquella que se representa en la superficie, en el escenario de la sociedad, en el primer plano. Eso que se denomina la actualidad. Como si esa mera superficie (¿seremos por ello tan superficiales?) fuera lo único existente.

Tal superficie en estos días –se nos recalca y se nos subraya de continuo, desde todos los ángulos posibles– pasa por el ‘brexit’ y las convulsiones que provoca; por Andalucía…; por la desdicha de ese niño sumergido en esa prospección de diámetro imposible, en ese pozo de la angustia; por la irrupción de fuerzas políticas que parecieran querer llevarnos hacia no sé qué prehistorias; por la existencia de topos, vigilancias y espionajes, cloacas…, que están ahí –¿al servicio de qué, de quiénes?– como si no existieran…; por los diversos conflictos y tensiones y contradicciones que una sociedad como la nuestra vive y que sería inútil enumerar aquí y ahora…

Pero hay otra realidad desatendida siempre, que, curiosamente, es la que termina viviendo el ciudadano corriente y común. Es una realidad que, al no estar en un primer plano, al caer fuera de los focos (que tantas veces desenfocan lo que es la vida verdadera), pasa por ser algo no existente o, como mucho, por ser algo de menor importancia, que no merece la pena ni detenerse en ella.

Pero es en ese meollo intrahistórico unamuniano, en ese existir de casi todos, en esos anhelos, sufrimientos, luchas, esperanzas, desasosiegos, ilusiones… de la mayor parte de los ciudadanos que se hallan fuera de los focos, donde se está tejiendo, día a día, la verdadera realidad, esa realidad que algún escritor o algún artista están viviendo y observando y que, acaso, por ello, deje de estar sumergida y formando parte de alguna obra literaria o artística.

Leíamos este último tiempo, entre otros libros, dos novelas de sendos escritores norteamericanos –Llámalo sueño, de Henry Roth, y En el camino del tabaco, de Erskine Caldwell–, en las que se nos plasma, de un modo muy hermoso, esa realidad de la gente corriente, que lleva una vida pobre, precaria, de lucha barojiana por la vida, en Nueva York y en el sur norteamericano, respectivamente, en la gran urbe y en el mundo rural profundo.

Si la literatura –esa maravillosa creación verbal del ser humano, en todas las culturas y civilizaciones– no plasmara tal realidad, tales realidades no atendidas, nos terminaría pareciendo que nunca hubieran existido.

Pero la creación literaria tiene, entre otras, esa función, la de ser memoria del paso de nuestra especie por el mundo. Y, en toda memoria, hay una ética, una responsabilidad, como afán de que nada de lo que ha tenido lugar en el mundo quede en el olvido, como si no hubiera existido.

Ahora mismo, de ese pozo de nuestra verdadera realidad, de esa realidad no atendida, algún creador estará extrayendo cubos de luz, para devolvernos lo que hemos sido, lo que de verdad somos, porque esa luz nos pertenece a todos.