Sábado, 21 de septiembre de 2019

Tiempo de invierno

Con la que está cayendo, y no me refiero al invierno de toda la vida, más nos vale refugiarnos en el abrazo, en la taza de té calentito, en la casa más o menos acogedora y sobre todo, en aquello que amamos para no caer en esa oscura desesperación por lo que ha de venir. Porque había cosas que creíamos superadas y no, vuelven por sus fueros y por sus cerros, orgullosos de sus creencias absolutamente legítimas, por supuesto. Porque había cosas que ya no nos preocupaban y, sin embargo, ahí están, haciendo que a veces perdamos los papeles y nos ocupemos de lo que no tiene importancia porque la lengua se las arregla solita para variar sin empujones, porque la lengua cambia como cambian las sociedades y lo hace de forma natural, sin necesidad de anden arreándola. Ay la que está cayendo…  pero ante el frío pertinaz de quien no sabe sino arreglar lo suyo y no lo ajeno –léase suyo como cargos y prebendas de su dilecto partido-, lo mejor es arrebujarse y acurrucarse en aquello que amamos y que pase el invierno y alguien me alcance otra mantita.

Porque para eso es el invierno, para sumirse en un estado de latencia en el cual reflexionar dentro del tronco, no moverse, guardar las energías para florecer en primavera, que más pronto que tarde tendrán los árboles de la plazuela esa yema que empuja las horas del anochecer, esas horas de luz un poco más largas, solo esa rendija que dejamos asomar sobre la bufanda, qué frío hace, qué frío y qué luz despiadada, qué niebla de jirones que hacen aún más hermosas a las recias ciudades medievales. Invierno de recogimiento, tiempo de puertas adentro, de paseo breve para que cruja el hielo bajo las fuertes botas.

Con la que está cayendo, arrebújate tú que tienes suerte de sentir calor aquí en tu casa. Deja que el gato, el perro o el niño se te suban encima y te recuerden lo que es verdaderamente importante. Porque lo importante es estar vivo, superar la gripe con remedios de abuela y botica de antibiótico, dejar que la ropa se quede tiesa en la cuerda y decirte riendo, pues sí que hace frío. Tiempo de invierno, sopas y cuchara. El tiempo de los ricos, decía mi amigo zamorano que sabía de filosofías y de gustos por la vida: el verano es el tiempo de los pobres, con poco se vive, pero el invierno, ay, el invierno, ese es el tiempo de los ricos.

Invierno de lumbre y de castañas asadas. De calle heladora y casa que acoge como un abrazo. Niños que pierden guantes y bufandas cuando salen al recreo. Invierno del alma, detenida la mirada en la cencellada, en el blanco inclemente, purísimo de la helada castellana. Algo en el invierno brilla y se afila, y sin embargo, nos devuelve el gusto por el recogimiento, por el local caliente, el brasero en los pies, el radiador latiendo en el rincón de las tardes oscuras. Es invierno y la leche está caliente, la sopa quema y con la que está cayendo me refugio en el sofá y me tapo de todo lo malo. Con la que está cayendo.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.