Jueves, 23 de mayo de 2019

Cierraojos y Tirapiedras

No son dos personajillos de un cómic de por ahí, es una forma amable y falsamente graciosa de describir el perfil de bastante gente que últimamente me da que pensar, la verdad. Y debajo de la ironía hay una realidad negra, a veces podrida, siempre picada de hipocresía y sin una pizca de juicio objetivo previo y de misericordia añadida como humano complemento. Y el doble nombre los describe.

Lo primero de los cierraojos y quizás lo peor es que no ven. Y no está claro si no ven porque cierran los ojos o porque aunque los abran no llegan a saber ver con juicio y exactitud. En todo caso actúan como si lo hicieran con los ojos cerrados. O con mecanismos más complejos, por ejemplo, una vez que tienen una opinión, casi siempre inducida desde fuera o desde dentro, hacen que los hechos encajen con esa opinión previa. Es la vieja historia del que pone primero el titular y luego trabaja la noticia para que lo confirme como sea. Podría notarse fácilmente pero muchos lectores u oyentes ni se dan cuenta. Esto lo practican algunos periódicos de nuestro entorno con especial eficacia y notable frecuencia.

Y no sé si es peor o menos malo eso segundo de los tirapiedras. Es como su nombre indica la afición, ahora en creciente y bien jaleada, de tirar piedras contra ciertos condenados o aún no juzgados siquiera, sobre todo en algunos campos donde hay más azuzamiento; y eso, sea como sea la denuncia o la sospecha o la condena o la inocencia sentenciada o lo que sea, da igual, porque el apedreamiento te da tal crédito de rectitud y de honestidad personal y pública que aprovechas, seas ciudadano, civil sin más, periodista o predicador, autoridad o institución pública… cualquier oportunidad para ejercerlo, desde un grito más alto hasta una manifestación, un titular de pena… de muerte o un insulto a tiempo.

Y  suele acompañar una circunstancia más, que  el que apedrea no sabe ni se atreve a saber (ay, el antiguo imperativo horaciano de ¡sápere aude!), por eso no se informa, no juzga, no conoce causas de nada de nada y en cierto modo le importa poco o, también, nada de nada. Cuenta sólo la piedra y tirar a dar. Y se va a casa tranquilamente autojustificado. Es la miseria del ser humano cuando descuida su razón, o la malcuida porque efectivamente puede producir monstruos cuando se sueña con ella. A la vista diaria está.

Algo de todo esto y más pienso cuando veo esos tristes grupos de rostros tétricos (recordando una famosa traducción de Nácar-Colunga cuando las plagas de Egipto) que vociferan violentamente con gestos de horca y guillotina implícitas contra cualquier denunciado, acusado, juzgado o no, absuelto o condenado, que tanto da porque en esas barras nadie se para cuando se trata de apedrear. Incluso hay grupos silenciosos, congregados a la puerta de cualquier ayuntamiento, que se hacen la foto contra alguien sin preguntarse, personal e institucionalmente, las causas de semejante suceso y cómo alguien llegó hasta esa situación en una sociedad que parece cuidadosa por costumbre y cuidadora por leyes de acompañamiento y protección. Y nadie se pregunta en qué y cómo y por qué falló alguien para que haya sucedido tal cosa con el desgraciado o criminal del caso. La cosa es aplicar el abracadabra de moda mediática y apedrear y quedar justificado, porque preguntar es peligroso y a veces las preguntas rebotan de mala manera. Hay que cuidarse muy mucho.

La humillación pública, con razón o sin ella se ha convertido en deporte de masas. Son los nuevos lapidadores; las hogueras virtuales; a veces hogueras, lo digo en clave, en plena calle. Jesús, lapidado. Sólo han oído y en malas condiciones de acústica lo de Tolerancia 0 y no tienen ni idea o le cae muy lejos lo de Misericordia 10 o de Dignidad 10 o de Verdad 10. Y toman la justicia por su mano y ¡a apedrear al señalado de turno!; pim pam pum como en una caseta de feria lanzando las pelotas contra los muñecos que desfilan. El que más aciertos tenga ése gana crédito social ante los suyos.

Y se repetirán los hechos –dramáticos, insoportables, criminales-, se instalará, desgraciadamente, la siguiente caseta, se encontrará el chivo expiatorio y a por él se ha dicho: ¡a la caseta! Y vuelve a suceder y se vuelve a hacer el mismo rito y casi nadie se pregunta los porqués ni los dedóndes.