Sábado, 24 de agosto de 2019

Desmontajes

El pasado tres de enero, a primera hora, en una atmósfera salmantina de niebla, que congelaba cuanto tocaba, pasaba por el Patio de Escuelas, camino del Archivo Histórico Provincial. Unos operarios estaban desmontando ese hito, erigido sobre el suelo de la plaza, en el que se indicaban los días que quedaban para el acontecimiento.

Tal acontecimiento no era otro que el de la celebración del octavo centenario de la universidad de Salamanca, la primera española y una de las pioneras de Europa, en cuanto a la fecha de su fundación.

Desmontajes. Todo un símbolo del paso del tiempo el de los trabajadores desmontando el tinglado electrónico cuya finalidad era la de medir los días exactos para el acontecimiento y la duración de este, un año exacto. Pensándolo bien, los arquetipos mesiánicos de la espera y de la venida se expresan de mil modos, y uno de ellos –sentía en mi caminar a través de la niebla– era este de la celebración universitaria y su anuncio por un mecanismo a la altura de los avances tecnológicos de los días.

Pero el gran peligro de tales acontecimientos, de cualesquiera de ellos, es que los terminemos convirtiendo en parques temáticos, tan del gusto –desde hace ya tiempo– de una sociedad de masas, de viajes, de turismos que todo lo manosean y lo desgastan y degradan.

Y no sabemos si, en esta celebración del octavo centenario de la fundación de la universidad salmantina, se ha reflexionado, la sociedad se ha dado por aludida de cuál tendría que ser hoy la función de la universidad en una sociedad tan compleja y plural como la nuestra, al tiempo que tan llena de contradicciones; o más bien a quedado todo reducido a una serie de actos epidérmicos, de mero escaparate, y cuyo símbolo más acabado podría ser el del elefante haciendo el pino sobre su trompa en nuestra plaza mayor.

No cabe duda, la universidad es la gran empresa salmantina, por encima de cualquier otra, si la consideramos desde cualquier punto de vista. Es, al tiempo, la marca que da más prestigio internacional a Salamanca, como cuna de saberes y, hoy también, como punto desde el que irradia la lengua occidental, tras el inglés, más hablada del mundo.

Sí, todo esto es verdad. Pero no nos podemos dormir en los laureles. Y, si en los tiempos modernos, nombres tan egregios como los de Elio Antonio de Nebrija, el Brocense o Fray Luis de León, entre otros, dieron esa aura luminosa a nuestra universidad; y, en los contemporáneos, cumplirían tal función figuras como Miguel de Unamuno, o, entre otras, Dorado Montero, Tierno Galván o Francisco Tomás y Valiente; hoy, la universidad ha de continuar con el desafío de tener clara su misión en unos tiempos tan difíciles y complejos como los actuales.

La pasada mañana, de niebla, tan salmantina, en mi camino hacia el Archivo Histórico, contemplaba el desmontaje de uno de los artilugios del año de las conmemoraciones universitarias. Pensaba también en el cometa Halley. ¿Veremos el paso de la próxima vez que vuelva a manifestarse entre nosotros?