Jueves, 23 de mayo de 2019

El fin de una era (extractado de una charla de Yayo Herrero)

El petróleo se acaba. Y con él la forma de vida que llevamos, sobre todo durante el último siglo, en que nos hemos hecho dependientes del petróleo en casi cada faceta humana: estés lo que estés haciendo en este momento, seguro que tienes más de un producto derivado del petróleo entre tus manos. Y las alternativas actuales no cubren ni de lejos todas las “necesidades” que nos hemos creado en esta cultura tan antropocéntrica y tan destructiva.

 

Donde más lo vamos a notar es en el transporte, claro. Nos hemos acostumbrado a movernos en coche a todas partes, hasta el punto de que nos hemos ido a vivir a lugares alejados de los centros de trabajo, de los colegios, del ocio, de la familia… porque con los avances tecnológicos y las autovías, la distancia ya no se mide en kilómetros sino en tiempo.

Y en el transporte de productos: nuestra comida, nuestra ropa, nuestro móvil, nuestros muebles… vienen de todas las partes del mundo, la mayoría de las veces, desde miles de km. Y lo que producimos aquí, se exporta: se consume a muchos kilómetros de distancia. Se estima que la distancia media desde que se produce algo hasta que ese algo es consumido, es de 7.000 km.

 

También lo vamos a echar de menos en la enorme cantidad de productos que se podían sacar de él, en especial los que nos han llevado a la cultura del “usar y tirar”, tan cómoda pero tan nociva para el planeta, por la cantidad de basura que genera y la consiguiente contaminación del aire, de los ríos, de los mares y océanos, de los suelos…

 

Pero donde más se va a notar es en la industria: cualquier otro combustible será mucho más caro y mucho menos eficiente, sobre todo a la hora de generarlo, porque el petróleo que conocimos, el que venía de los países árabes o de Texas, era bastante fácil de extraer: tenía una tasa de retorno de 100 o 120, esto es, para producir energía tienes que gastar energía, y en este tipo de petróleo, por cada barril que se empleaba se extraían 100 ó 120 barriles. Pero el petróleo actual ya no es tan sencillo de extraer, ahora viene del fondo del mar o de lugares donde hay que usar otras técnicas, como la del fracking, que lo hace mucho más costoso, dando una tasa de retorno de tan solo 30.

El resto de las energías tienen tasas de retorno incluso más bajas: La nuclear, que para mí no es una opción por los problemas derivados del alto nivel de seguridad necesario y sobre todo de la gestión de residuos, necesita uranio, que es un mineral que no es precisamente abundante, y que se estima que lo agotaríamos en el mejor de los casos, en 30 años.

Las renovables tampoco son la solución, porque se renuevan, sí, pero a su propio ritmo; no funcionan como una máquina, sus ciclos no pueden ser controlados por el ser humano y no se ajustan a nuestras necesidades o apetencias. Y además sus tasas de retorno son bajas, la biomasa tiene una tasa de retorno entre el 0’8 (o sea, perdemos energía), y el 1’2 (lo comido por lo servido). La energía solar y la eólica, tienen mejores tasas, pero no llegan a la del petróleo árabe ni de lejos.

O sea, estamos creándonos cada vez más necesidades energéticamente dependientes, mientras que la producción energética cada vez será más escasa y más cara.

 

Y los dirigentes del mundo nos dicen que esto es una crisis económica, ja. Lo que es, es un aviso para las personas de todos los estratos inferiores a los de la élite: acostumbraos a vivir con el cinturón apretao, porque cada vez os lo vais a tener que apretar más. No en vano, el foro Davos habla de “población sobrante”. No en vano, las grandes multinacionales, las negacionistas del cambio climático, han gastado ingentes cantidades de dinero en convencernos de que todo va bien.

No, nada va bien. Y todo va a ir a peor. Salvo que empecemos a movernos ya.

Y ahí es donde entra el ecofeminismo: en una visión nueva de la vida humana, una vida que merezca ser vivida sin mercantilizar absolutamente todo, sin esta monetarización de cada aspecto de la vida, porque hay cosas que siguen sin poder valorarse en términos monetarios, por ejemplo ¿cuánto vale el ciclo del agua? ¿cuánto vale la fotosíntesis? ¿podríamos vivir sin ellos? ¿cuánto vale el agujero de ozono? Y aunque fuéramos capaces de valorarlo en términos monetarios ¿de qué serviría? ¿podríamos tapar el agujero de ozono a golpe de talonario?

 

Todas esas cosas y otras son las que se pregunta el ecofeminismo.

 

Y tenemos las respuestas: toda mujer tiene en su interior las respuestas porque llevamos siglos ocupándonos de cosas incuantificables monetariamente, como el sostenimiento de la casa y de la familia con total disponibilidad, las 24 horas del día todos los días del año, aunque esas tareas ni si quiera tengan nombre, aunque se las llame “sus labores”, y a las personas que las realizan en exclusiva el INE las ponga en el grupo de “población inactiva”.

 

 

 

 

Las mujeres llevamos siglos ocupándonos de nuestro hogar, y qué más hogar que el propio planeta Tierra. Por eso el futuro cercano, o es ecofeminista o no será posible ningún futuro.