Sábado, 17 de agosto de 2019

52 campanadas para el 2019

Nos jugamos tanto este año que acaba de empezar, no solo los españoles sino todo el planeta tierra, que he imaginado una gran campana, que pudiera ser oída en toda la aldea global y que tocara al comienzo de cada semana, temprana, mañanera, advirtiendo  de algún peligro general, que nos concerniera a todos. (Como antaño, cuando las campanas de las iglesias informaban, según el toque, de los incendios, muertes o festividades).

Siguiendo la fantasía, me ha venido el primer gran peligro que anunciaría la campana, este martes, día 1 de enero, a toda la población. (Me he sorprendido a mí mismo de cómo habiendo tantos numerosos y decisivos peligros generales me ha venido este, como el primero): QUE DISMINUYA DRÁSTICAMENTE EL TIEMPO QUE LOS CIUDADANOS SOPORTAMOS INÚTILMENTE escuchando las palabras y viendo los archisabidos gestos de los políticos. ¡Qué maravilla un global decreto que prohibiera aparecer en los medios más de un minuto al día al gobierno de cada nación y no más de medio minuto a todos los partidos de la oposición!

Sería el primer decreto que permitiría recuperar la libertad de pensamiento, que en tiempos muy lejanos la humanidad poseyó y luego perdió. Esta sería una primera consecuencia de este dictatorial y hermoso decreto.

Pero habría muchas otras excelentes consecuencias para el bien común; por ejemplo, la energía liberada en la población por la disminución de conversaciones y estériles discusiones sobre asuntos políticos sería tan enorme, que de repente miles de trabajos, tareas, problemas, hasta ese momento bloqueados por la ingente cháchara que nos devora, serían iniciados y finalmente resueltos. También, en otro orden de cosas muy distinto, en el espacio de la intimidad, ¡cuánto erotismo en las relaciones amorosas se recuperaría!, pues ya sabemos que la energía liberada no va a parar solo a la capacidad de trabajo, sino también al amor.

Todos, niños y mayores, mujeres y hombres, aldeanos y ciudadanos a la semana siguiente comenzaríamos A SER MENOS NARCISISTAS, menos egoístas y menos tontos que como somos, (compitiendo siempre por ser los mejores en juegos y ambiciones que se diluyen en el aire, como se han diluido todas las revoluciones sociales  a lo largo de la Historia).

Dese cuenta, lector, que no estoy hablando de suprimir todo poder político, como defendería el anarquismo, sino de LIMITAR la imagen de los falsos líderes omnipresentes, para poder liberarnos de tanto modelo y gasto innecesario.

Quizás la siguiente campanada, la próxima semana, nos aclarará cómo la sacralización de las sumas y las restas “democráticas” está minando por dentro la propia democracia.