Domingo, 8 de diciembre de 2019

La cuenta de los años

Pero mira tú que cosa tan extraña, quién fue el primero que vino con el cuento, con la idea de contar cada segundo, a quién se le ocurrió, vamos a ver, que los días no eran muy iguales aunque el sol fuera el exactamente mismo y la noche siempre noche como tantas. Quién dijo son distintos, los días, cada uno irrepetible. Porque, aunque haya habido muchos, lo han sido de un año diferente y, así, el hoy no se duplica jamás.

A quién se le ocurrió que había que dividir el tiempo en sus fragmentos, colgar un péndulo y decir esto es un segundo o, lo que es lo mismo, desmenuzar el día en sus ochenta y seis mil cuatrocientas partes igualitas y así, hasta inventar los relojes. Y mira que las horas de luz van cambiando, luego para nada era sencillo decir «aquí acaba un día y aquí empieza otro» si todo es noche cuando el sol está del otro lado. Qué genios, me repito, qué brillantes, y no tenían aparatos, solo tiempo tenían, oscuridad suficiente a la luz del pabilo para mirar la bóveda celeste y ponerse, después, a pensar. Un rato para darse cuenta de que esta estrella estaba allí (imaginaos lo difícil) y ahora está un poquito más allí —¡esa estrella se mueve!— lo que quiere decir que, tal vez, hay algo que da vueltas. Y, acto seguido, notar que hoy el sol está saliendo por aquí y mañana un poquito más acá, y colegir que, si pasados muchos días vuelve a salir por el aquí, la vuelta está completa y a esto, señoras y señores, lo llamaremos año.

Qué agudos fueron, en verdad, aquellos a quienes llamamos primitivos, mientras nosotros, los del siglo veintiuno, nos ponemos estupendos con nuestras fiestas de gorritos de cartón. Y las uvas de las doce campanadas y el número que cambia, y los dos o tres días en los que te equivocas escribiendo la cifra anterior por la costumbre. Nosotros aquí / olvidando / el agua que ha corrido para traernos hasta hoy y lo mucho que el pasado, larguísimo y más grande que nosotros, nos ha hecho mejores. Un pelín de gratitud haría más falta. Un pelín de gratitud, o alguna brizna, entre las ganas de tirar todo por la borda y de olvidar que lo pasado sirve incluso para intentar aprender de los errores.

De verdad, quién de nosotros, si alguno, habría encontrado la paciencia /  para medir los minutos del avance en los grados que se mueve alguna estrella, mientras la tierra avanza como un bólido, esta masa enormísima de agua, como un bólido, a ciento siete mil kilómetros por hora, ¿me oíste?, a ciento siete mil kilómetros por hora embalada en el espacio / para completar / otra vuelta alrededor del sol antes de que tú / te comas / la uva número doce. De verdad, quién de nosotros se pregunta. Por qué es el año dieciocho del dos mil el que termina, si la historia ha tenido otras cuentas, otros números hacia atrás y hacia adelante, el calendario romano, el juliano, el bizantino, el gregoriano y, en China, con el tiempo de la luna, su Nochevieja será en nuestro febrero.

Todo funciona mejor de lo que piensas: el prodigio de la cuenta del tiempo y la franqueza de las doce campanadas para que tú te organices nuevamente y te prometas, como antes, muchas cosas. Y digas gracias, tal vez, si lo recuerdas, por todo lo que sí ha estado bien: vivir, abrir los ojos, tener las horas para hacer algo bonito, saludar o sonreír, caminar y hacer volutas de vapor con el frío de la niebla. La cuenta de los años bien discurre y sirve para que nos pongamos de acuerdo en los abrazos de la medianoche. Qué vértigo, supongo, el de medir con precisión estrellas tan lejanas, sin olvidar incluir años bisiestos, para que todo encaje.

Cada vez que se acercan estas fechas, me da por sentirme emocionada y por recordar que, en aquel tiempo, cuando alguno inventó su calendario azteca, ni siquiera tenían telescopios. Qué listos fueron, qué precoces, y qué bien nos lo dejaron preparado para que nosotros hiciéramos la fiesta. Pues es bonito pensar que todo empieza, otra vez, que nos renace y que, por efecto del número distinto, seremos tal vez algo mejores. Que sea tal. Que sea, el nuevo, un año espléndido en cada vuelta de sus días, que Ítaca nos siga regalando un viaje, con su camino largo y el cuaderno repleto de aventuras, los libros, los amigos, el cariño, las ganas insaciables de vivir.

Gracias a todos vosotros, mis generosísimos lectores, por acompañar mis balbuceos en estos viernes del buen 2018. Que el 2019 sea perfecto en sus segundos, propicio a los proyectos, fértil. Y que yo siga aprendiendo a escribir, a escribir mucho, para que algún día, por fin, os merezca.

¡Salud! Que haya mucho de lo bueno por venir. Gracias 2018, gracias por todo, inolvidable, adiós, gracias. El 2019 está llegando, abrid, abrámosle la puerta.

Salamanca, 28 de diciembre de 2018