Piedad para Zaplana

Hay casos judiciales que te erizan la piel. Este es uno de ellos. Al margen de la política, si esto es posible, la justicia debe regirse por un principio fundamental: la humanidad. Cuando la justicia pierde el norte de la humanidad, deja de ser justicia. Es lo que está sucediendo con la situación del político del PP (expresidente de la Comunidad Valenciana, exministro de Aznar), Eduardo Zaplana. Un político que empezó su carrera como alcalde de Benidorm y que se hizo famoso por la frase que se le atribuye: “He venido a la política para hacerme rico”. Cuesta empatizar con él, entonces.

Zaplana está en la cárcel, con graves acusaciones de corrupción. Desde ese punto de vista, nada que objetar, excepto por dos cuestiones: no ha sido juzgado, su caso está en fase de instrucción, y por lo tanto no ha sido condenado, y a la fuerza (aunque no nos guste) hay que aplicar la presunción de inocencia; y la segunda, y más importante, está gravemente enfermo de leucemia. Sus abogados, por ambos motivos y sobre todo por el segundo, han pedido que se le deje en libertad provisional: de lo contrario, corre grave riesgo su vida, como han alertado los médicos que le atienden.

¿Hay que dejar, entonces, morirse a Zaplana, aplicando una interpretación rígida y taxativa de la ley? Desde luego que no. Habrán oído el aforismo jurídico: “Summa lex, summa iniuria”, que en lenguaje llano es lo mismo que llevar hasta las últimas consecuencias el juridicismo: la aplicación rampante de la ley, conduce a la máxima injusticia.

Aplicar a un delincuente la prisión provisional, es decir, dejarle en la cárcel sin haberle juzgado, exige requisitos estrictos. Tres esencialmente: el riesgo grave de reincidencia, la destrucción de pruebas o el riesgo de fuga. ¿Se imaginan a un hombre-Zaplana es un hombre, no un monstruo-que sufre una enfermedad tan grave como la leucemia, que requiere un tratamiento estricto en un centro hospitalario, salir de España para esconderse de la justicia, en su situación? ¿Quién se lo imaginaría?

Zaplana es un enfermo, con alto riesgo de muerte, según los especialistas que le atienden. No está para esos trotes que se imagina la juez instructora. Mueve a la piedad, no al justiciarismo. Si muriese, no le arriendo la ganancia a la juez: cabe hasta la posibilidad de que la imputen por prevaricación. Su contumacia al aplicar férreamente la ley, cuando sus presupuestos son sumamente dudosos, debería dejar paso a la hermenéutica jurídica racional: interpretar las leyes con sentido común, en román paladino. ¿Va a escaparse Zaplana, va a destruir pruebas, puede volver a cometer los delitos que se le imputan? Dislate máximo, injusticia de libro.

Solo le deseo a la juez instructora que, si alguna vez, ella se halla en una situación tan difícil, que encuentre en quienes la juzgan, piedad y humanidad. De lo contrario, ¿de qué vale la justicia?

Marta FERREIRA