Lunes, 28 de septiembre de 2020

Los antiguos labradores y otros desheredados

Debido al escaso desarrollo industrial los campesinos constituyeron la mayoría de la población. Abundaron los jornaleros agrícolas debido a la existencia de grandes propiedades. Trabajadores contratados día a día en los latifundios, tuvieron unas condiciones de trabajo críticas, agravadas por la desesperanza de una vida sin futuro. Los liberales no hicieron la deseada reforma agraria, ni reconocieron los derechos de los vecinos sobre las tierras señoriales, ni les facilitaron el acceso a la propiedad de las tierras desamortizadas.

Al contrario, la desamortización de los propios y baldíos de los municipios les arrebató las tierras comunales, donde antes podían llevar a pastar sus ganados, convirtiéndolas en propiedades privadas. La toma de conciencia de su desgraciada situación los empujó a las sublevaciones en la segunda mitad del siglo, aunque faltaban muchas noches y mucha lluvia para las crecidas que borrarán riberas.

Los levantamientos más importantes tuvieron lugar en mil ochocientos cincuenta y siete en el Arahal, cuatro años después en Loja y se generalizaron en algunos territorios en el Sexenio democrático. Fue preciso movilizar al ejército para sofocarlos. Su impotencia y desesperación les condujo a planteamientos anarquistas donde encontraron su espacio. En el resto del territorio español los campesinos, de mentalidad tradicional, conservadora, sumisa y católica, vivieron en mundos cerrados a los que apenas llegaban noticias del exterior.

Analfabetos y sin conocimientos, su visión de la vida se la proporcionaba el sacerdote desde el púlpito y el cacique en el ayuntamiento. Los confesionarios y el temor a la autoridad controlaron las desviaciones. Las condiciones laborales y de vida de los trabajadores del servicio doméstico fueron mejores que las de los obreros y campesinos, aunque tuvieron una ideología conservadora opuesta a los cambios y a las ideas progresistas por contagio de la clase social para la que trabajaban. Hubo que esperar al primer tercio del siglo XX para que estos empleados se afiliasen a los sindicatos. En ese tiempo los menesterosos, mendigos y pobres de solemnidad[1] se estiman en unas trescientas mil personas.

Con los bolsillos llenos de rumorosos caminos y filosóficos pajares, al desaparecer las instituciones de beneficencia religiosas, por la desamortización, sobrevivieron de la caridad pública.  Dentro  de la Iglesia surgieron movimientos de apoyo pero, fue el Estado el encargado de su guarda y protección. Lo hizo a través de unas Leyes Generales de Beneficencia, mas nunca llegó a integrar en el sistema su vagabundeo.

 

[1] Mendigos que pedían limosna en las fiestas litúrgicas. Los que no poseen absolutamente nada.