Martes, 10 de diciembre de 2019

Que veinte años no es nada

  1. Volver,
  2. Con la frente marchita,
  3. Las nieves del tiempo
  4. Platearon mi sien.
  5. Sentir, que es un soplo la vida,
  6. Que veinte años no es nada,
  7. Que febril la mirada
  8. Errante en las sombras
  9. Te busca y te nombra.
  10. Vivir,
  11. Con el alma aferrada
  12. A un dulce recuerdo,
  13. Que lloro otra vez.

 

¿Quién no ha escuchado una y mil veces esta canción? Yo la tengo guardada en algún rincón del almacén de mis recuerdos, recuerdos que duermen bajo el espeso manto de polvo que el tiempo ha ido depositando sobre ellos. Están allí, almacenados, sin aparente orden, como los trastos viejos de la casa que por no tirarlos los vamos almacenando en el cuarto trastero, ese cuarto que siempre está pendiente de ordenar y tirar todo aquello que ya no sirve. Es verdad que son trastos viejos, viejos recuerdos que ya para nada sirven, pero forman parte de nuestra vida, son nuestra vida, en muchos casos es lo único que nos queda del tiempo vivido y por eso nos cuesta tanto deshacernos de ellos.

Muchos de esos recuerdos, ni siquiera sabemos que existen, pero están ahí, agazapados, esperando esa chispa que les resucite, y de repente empiezan a brillar, se abren paso y se nos hacen presentes como si el tiempo no hubiera pasado, ¡pero vaya si ha pasado!, claro que ha pasado y de qué manera.

A veces, sin saber por qué, el recuerdo de esta canción, se remueve, pugna entre los olivados recuerdos, trepa entre ellos y se abre paso a codazos, dejando atrás, incluso a los más recientes. ¿Que veinte años no es nada? ¡¿Cómo que veinte años no es nada?! Bueno, puede que la canción tenga razón, todo depende del punto de vista, como todo en la vida. Yo, a mis años, cuando las nieves del tiempo platearon mi sien, si miro atrás, veo que efectivamente veinte años no es nada, han pasado como un suspiro, parece que fue ayer cuando… ¡y han pasado veinte años! Es mejor no pensar demasiado en el tiempo que se nos fue, porque cuando nos queramos dar cuenta también este, el de ahora, se nos habrá ido.

Pero, si mirando atrás, veinte años no es nada, ¡cómo cambia el paisaje cuando miramos al futuro! Esos veinte años que no son nada, se convierten en todo, en un todo que no podremos apurar. Esos pocos años son toda nuestra vida. Un año, un mes, un minuto de lo que nos queda por vivir, es mucho más importante que toda la vida pasada.

Ahora, en el presente cierto que cabalga entre el pasado y el futuro, si volvemos la mirada, vemos lo mucho que se nos ha ido, vemos que el hilo de nuestra vida pasada se pierde y se difumina entre una niebla de agotados años, mientras que, en el futuro incierto, se adivina el cercano final de ese hilo, final que está tan próximo como los más recientes recuerdos, y empezamos a asustarnos, vemos que no nos queda tiempo para hacer tantas cosas como nos gustaría, se nos hace difícil elegir entre las muchas que han quedado pendientes, esas que hemos dejado para mañana, sin saber si ese mañana llegará.

Ahora, cuando vemos que en el reloj de arena de nuestro tiempo tan sólo quedan unos imperceptibles granos, aterrorizados nos preguntamos ¿Y esos me quedan no más?