Jueves, 12 de diciembre de 2019

Acaparamientos

Uno de los más prestigiosos galardones, tal vez el mayor, que puede conseguir un profesional de cualquier rama, un investigador, un estudioso, un intelectual o cualquier persona destacada en la materia que le ocupa, es el premio Nobel. Un galardón de prestigio universal, cuya concesión es anunciada en todo el mundo con gran repercusión periodística y cuyos premiados añaden con honor a sus siempre ya previamente brillantes historiales.

El premio Nobel, politizado y manoseado, como todos los galardones que implican elección entre varios candidatos, últimamente ha mostrado parte de las miserias ocultas en los recovecos de la parafernalia que le es propia (este año no se ha concedido el Nobel de Literatura por el descubrimiento de corrupción y otros delitos en alguno de sus “jueces”, y la nómina de los premiados en algunas disciplinas alberga algunos nombres que no merecen siquiera citarlos), se caracteriza sobre todo por el ceremonial de su entrega en Estocolmo el 10 de diciembre (en Oslo, el de la Paz), y es en esa ceremonia donde se sustancia la mayor perversión de su sentido, que en opinión de quien esto firma, en cierto y notable modo abarata y tizna con el lastre de la subsidiariedad y el tufo del vasallaje los méritos de los premiados.

La presencia de la realeza sueca en la ceremonia, la colonización por la monarquía y sus oropeles de todo lo que supone el reconocimiento público de los premiados y la entrega del premio (por mucho que sea en Suecia donde radique la Fundación Nobel, que es la que financia los premios, aunque se entregue allí el galardón, y por muchas conexiones “tradicionales” que tengan los simposios Nobel con la familia real de ese país), implica un desarrollo protocolario de la ceremonia que refleja una, si no auténtica sí escenográficamente servil, imagen de la sumisión de los talentosos premiados a la institución monárquica y las personas que la encarnan, que tan poco parece criticarse o cuestionarse, y que pone de relieve la aduladora aceptación acrítica, dócil y sumisa de la monarquía por parte de la prensa en general, con lo que de atávica, inútil, caduca y antidemocrática tiene esa institución, lo que constituye en el siglo XXI (en realidad, desde siempre) una auténtica aberración en países (mal) llamados democráticos.

Algo similar, aunque en un nivel mucho menor de difusión mundial, pero con agobiante imposición informativa en España, sucede en este país con los llamados hoy premios Princesa de Asturias, que vienen concediéndose por el estado español desde hace décadas, y donde además de no existir, como en los Nobel, una fundación privada que los financie (aquí son pagados en gran parte con los impuestos de los ciudadanos y algunas “donaciones”), se celebra en Oviedo una ceremonia anual con la presencia y presidencia de representantes de la familia Borbón, reinante en España  desde 1700 en diversas etapas, la última desde 1975, donde se pretende asociar con la institución monárquica los prestigiosos nombres de las personas galardonadas a través de premios con el título de los herederos al trono, desarrollando una estrategia publicitaria hacia esta institución, que bajo el pretexto de una suerte de mecenazgo o apoyo y reconocimiento del mérito (en realidad un premio puntual y propagandístico que no concede la monarquía sino el pueblo español), utiliza el talento ajeno, el trabajo y el prestigio de otros (y hasta los aplausos que merezcan) para, asociándoselos, aprovecharlos. Ni Alice Munro, ni Niels Bohr, ni Richard Feynman, ni Leonard Cohen, ni Leymah Gbowee, ni Martin Scorsese, ni Susumu Tonegawa ni Albert Camus tendrían por qué hacerle reverencia a quien, con corona o sin ella, no les llega a la suela del zapato.

Al margen de que, en ocasiones, los nombres de galardonados tanto con el premio Nobel como (en más ocasiones y de modo más descarado) el Princesa de Asturias, no estén a la altura del reconocimiento que se les otorga, sobre todo en comparación con otros nombres del mismo ámbito, o sean fruto de una intención publicitaria de inmediatez mediática, la colonización por las monarquías (atávicas, inútiles, caducas, antidemocráticas) de las ceremonias de reconocimiento intelectual, científico, artístico o humanitario, proyecta siempre una imagen de superioridad de la institución, de buenismo magnánimo con el sabio o el triunfador y, sobre todo, un (falso) mensaje de asentada y aséptica “tradicionalidad” que, como todo lo artificial que se disfraza de natural, repugna a la inteligencia.