Lunes, 3 de agosto de 2020

Un "invierno demográfico"... sin remedio

Hace casi 40 años, en uno de mis primeros artículos de prensa, hablé de “la sombría perspectiva demográfica para el siglo xx” en Soria. (Soria semanal, 20 y 27 de octubre de 1979). Partiendo de un detallado anuario del Instituto Nacional de Estadística comentaba unos datos espeluznantes: en 30 años, de 1950 a 1979, la provincia había perdido casi la mitad de sus gentes, siendo ya el territorio más despoblado de toda Europa, “exceptuando zonas polares”, precisaba. (Ahora la comparación se hace con Laponia, lo que viene a ser lo mismo).

Incidían ahí dos factores demográficos: el descenso del crecimiento vegetativo, ya cercano a valores negativos, y el fuerte flujo migratorio (en ese momento había 211.000 sorianos avecinados en otras provincias, mientras que en Soria quedaban unos 100.000). Y, como consecuencia, añadía, “somos cada vez más viejos y con menos capacidad genética”. Evidentemente, esta situación solo se podía salvar mediante la llegada de inmigrantes y recuerdo cómo el ayuntamiento de Almazán publicó anuncios de prensa en los que ofrecía trabajo y vivienda a cuantas familias desearan avecinarse en el pueblo, sin importar su procedencia.

Eso, como digo, fue hace muchos años. Mientras, el “invierno demográfico” –que en Soria se añade al climático, también inmisericorde– se ha generalizado por muchas zonas de España, eso que algunos llaman “la España vacía”, quizá un poco exageradamente, y ha adquirido los rasgos de lo irremediable. Pues tal atonía demográfica es fruto de tres factores difícilmente superables: la modernización de la agricultura –que, como dijo Marx, “expulsa de la tierra a los obreros”–, la tendencia intrínseca del capital a su concentración y centralización y el casi universal deseo de vivir en ciudades, más surtidas de servicios y de “oportunidades”. (Esto último es el sucedáneo o señuelo con el que el sistema sustituye la igualdad y el Estado del bienestar). En pocas palabras: la gente huye de la pobreza y el dinero acude a donde ya hay dinero.

Hoy existe toda una literatura en torno a esa España interior, de tono más bien lacrimógeno y nostálgico, que se remonta al menos a Costa y a los del 98 y que, en Soria, más recientemente, tuvo un ilustre exponente en Avelino Hernández, un gran cantor de los páramos y aldeas celtibéricos… que vivía en Mallorca. (Recordamos títulos suyos como “Aún luce el sol en las bardas” o “Donde la vieja Castilla muere” y así).

Así pues, no nos dice gran cosa esa literatura de la generación siguiente, salvo que nos confirma la fatalidad de un proceso que, en sí mismo, no debería ser preocupante. Desde el homo habilis en adelante, las especies humanas se han movido de unos sitios a otros, por la fuerza de la necesidad, lo mismo que las masas de aire van de las zonas altas presiones a las de baja. Lo malo es que ahora tal fenómeno es solo un aspecto más  un desmadre global en el que inciden problemas más graves, como son el deterioro medioambiental y la vieja polarización ricos/pobres, llevada ahora al paroxismo. Ahora me pongo yo estupendo: se va añadiendo munición al revólver de la ruleta rusa.

Así que, dentro de otros 40 años todos calvos, como se suele decir. Mientras tanto, los urbanitas siempre podremos ir de vez en cuando a pasar unos días en alguna casa rural, de esas que se pusieron gracias a subvenciones de la Unión Europea para “fijar población”.