El burlador de Galapagar

La semana pasada compareció Pablo Iglesias en el Senado ante la comisión para la financiación de los partidos y, una vez más, se volvió a cumplir lo que decía Jesús a sus discípulos: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”

No es que los interrogadores pecaran de incautos o malintencionados, es que les tomó el pelo a todos y todas. El administrador infiel de la parábola citada buscaba asegurarse un futuro empleando para ello los fondos de su señor. Pablo Iglesias ha hecho exactamente lo mismo y, además, pretende ser el bueno de la película. Hay que tener una cara tan dura como la suya para declararse centinela de la Constitución y prócer de la democracia, después de haber vomitado todo un rosario de ataques contra una y otra.

Hablando de la financiación de los partidos, habrá que volver a la Biblia y repetir aquello de: Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Es cierto que más de un partido ha pasado ya por el filtro de tribunales de cuentas -y tribunales de toga- confirmando la inicial presunción de inocencia. Nadie duda de la imparcialidad de los juzgadores, pero, no pocas veces, la sentencia dictamina la imposibilidad de encontrar pruebas suficientes para la condena. Hasta los profanos en manejos financieros estamos en condiciones de asegurar que, sumando la asignación que establece la ley por cada voto conseguido, los posibles donativos particulares –debidamente declarados- y los pírricos fondos que aporta la militancia, todo ello no es suficiente para atender los múltiples gastos que origina el sostenimiento de sedes, sueldos, publicidad, campañas electorales, etc. Hace falta más dinero y todos los partidos políticos se buscan la vida de manera más o menos lícita. Los hay tan tontos –o tan avariciosos- que dejan sus vergüenzas al aire y pasan a convertirse en munición arrojadiza del adversario. Bien es verdad que no todos los raseros son iguales y, algunos procesos, a base de lentitud y sordina – a pesar de su cuantía-, se alargan de tal forma que llegan a pasar casi desapercibidos. En otros casos –nunca sabremos cuántos- la jugada se hace de manera tan sofisticada que nunca puede probarse la ilegalidad de las operaciones. Para todos ellos, y con el debido respeto, nuestra más entusiasta presunción de inocencia, pero siempre con la mosca detrás de la oreja.

A Pablo Iglesias, ese personaje, elevado a los altares de la progresía por despechados arribistas y por algún medio de comunicación afín, se le puede reconocer su entrega a la causa y su locuacidad –rayana en la verborrea-; pero, al mismo tiempo, Dios –perdón, en su caso, Stalin- no le ha llamado por el camino de la sencillez, de la humildad ni de la prepotencia. Está tan acostumbrado a escuchar el clamor continuo de su cohorte de aduladores que ha llegado a convencerse de su superioridad y, pretendiendo aparentar lo contrario, mira a sus adversarios por encima del hombro. En el interrogatorio a que se sometió en el Senado, quiso dejar bien claro que su formación política no ha recibido fondos de ningún país de los que están en la mente de todos. ¡Ni el juez Marchena ha podido encontrar financiación ilegal en Podemos! Pues claro, eso demuestra que sabe cumplir con su deber, algo que Iglesias siempre ha puesto en duda. El meollo de la cuestión radica en saber cuándo está diciendo la verdad Pablo Iglesias, ahora o cuando aseguraba que la verdadera democracia estaba en Venezuela o Irán.  Le ha costado varios años reconocer que mentía entonces y, por el mismo razonamiento, debemos esperar otros tantos hasta saber si ahora dice la verdad. Porque no se puede expresar mejor con pocas palabras, no me resisto citar parte de un editorial de del “facha” ABC: “En definitiva, reniega de su obra, convertida en un partido aburguesado y enquistado por los egos, las purgas y los codazos por un puesto en las listas que garantice un sueldo público”

 En un arranque de súbito arrepentimiento, ha reconocido, también, algún exceso verbal de carácter machista. Ignoro si esa disculpa ha llegado personalmente a la parte agraviada, de lo contrario, suena a poco sentida. Si nos fijamos en lo que sermonean él y sus compinches, y no en lo que de verdad hacen, no podríamos saber que una cosa es predicar las maldades del capitalismo opresor y otra cambiar el pisito de Vallecas por el chalet de Galapagar ¿Eso no es apostar por el capitalismo puro y duro? Tampoco nos enteraríamos que en ese partido, que proclama la honradez y que pide la guillotina política para los implicados de otras formaciones, también hay defraudadores, explotadores -¡hasta atracadores!- que, salvo honrosísimas excepciones, siguen campando por sus respetos, amparados en la doble vara de medir que emplea el jefe máximo.

De un partido político que no condena la violencia callejera cuando el resultado de un proceso electoral no favorece a la izquierda; que secunda los escraches, las algaradas y hasta la violencia cuando se practica en los adversarios, porque es libertad de expresión, pero se exige la máxima condena cuando la sufren en sus propias sangres, no resulta muy fácil saber cuándo dice la verdad o cuándo miente.

De un dirigente político que cobra su sueldo oficial porque ha declarado –bien es verdad que a su manera- someterse a la actual Constitución, pide al Presidente del Gobierno que no cumpla con su obligación de corregir los excesos cometidos contra ella, es lógico esperar que no diga la verdad cuando le sea requerida. Cuando alguien que pone de manifiesto el profundo contraste existente entre su discurso inicial y el de ´la actualidad y, antes de reconocer lo trasnochado de sus ideas, es capaz de asegurar que no es él quien ha cambiado sino la sociedad, tampoco se le debe creer.

Antes de que Pedro Sánchez fuera investido oficialmente como Presidente del Gobierno, y antes de entrevistarse con Felipe VI, Pablo Iglesias ya estaba considerándose futuro vicepresidente del ejecutivo, responsable del CNI, controlador de TVE y algo que se callaba :enterrador de Pedro Sánchez. Estamos gobernados por un iluminado que no ha dudado en apoyarse con los enemigos de la Constitución para vivir en la Moncloa, y nos acecha otro prepotente que, para suceder al doctor en economía, estaría dispuesto a tararear la “cutre pachanga fachosa” envuelto en ese “trapo” que para él es nuestra Bandera.

Puede que el “boom” populista que nació en la Puerta del Sol y se “estampilló” en Vista Alegre haya conseguido embaucar a más de un ignorante. Conocido el paño, cada vez quedan menos incautos, y lo demuestra el hecho del progresivo deterioro en las encuestas y las elecciones. Ardo en deseos por comprobar la actitud de Pablo Iglesias ante la más que probable gresca que tienen preparada en Barcelona, el próximo viernes, los energúmenos independentistas, entre los que no faltan algunos de sus seguidores. El que puede permitirse el tren actual gracias a la actual Constitución nunca ha sido capaz de aclarar su verdadera postura ante el problema catalán. Al tiempo que aconseja a Sánchez “no incendiar más Cataluña” con el 155, suele condenar cualquier actuación de las FCSE encaminada a restablecer el orden público. Sabida es la satisfacción que siente viendo golpear a un policía. En esta materia, o se está con la ley, o se está en su contra. Será que el embaucador de Galapagar ya está dejando de pertenecer al mundo de los hijos de la luz porque cada vez está más hundido en el de las tinieblas.