Lunes, 9 de diciembre de 2019

Mejor un algoritmo

Para Alan Turing, que no lo leerá.

algoritmo .- 1. m. Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema.2. m. Método y notación en las distintas formas del cálculo. (del DRAE).

A toda plana, y utilizando la fotografía del rostro de un escritor, un bailarín o una conocida actriz, una página digital de venta de libros destaca en grandes caracteres, recuadrada, entrecomillada y como poniéndola en boca del famoso, la siguiente frase: “Las personas recomendamos un libro mejor que un algoritmo”. Es de suponer que la intención publicitaria de la frase es imbuir al comprador de la idea de que en la susodicha página de venta encontrará consejos de compra de libros realizados por vendedores de carne y hueso (quizás no los de los famosos de la foto), en lugar de una aleatoria y fría lista de recomendaciones realizada por un algoritmo cuyos outputs (consejos) respondan a desalmadas variables suministradas por un helado cálculo matemático de rastrero interés mercantil, en lugar del aliento humano y la mirada que te susurre parpadeando el título del libro... con idéntico interés mercantil.

Desde que cierto perezoso snobismo intelectual, hace no menos de un par de décadas, decidió que, ante la irrupción y colonización sociales de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y la “deshumanización” que tal invasión conllevaba, lo mejor era una vuelta a “lo aúténtico” y “lo natural”, asociando esas categorías a ciertos usos del pasado (vuelta a “lo tradicional” y revalorización de la comunicación “directa” entre personas al margen de artilugios mecánicos o redes digitales), una cierta pedantería de “lo auténtico”, “lo nuestro”  o “lo originario” como rechazo a “lo nuevo”, “lo mecánico” o “lo digital” (por así llamarlo), ha ido conquistando territorios de la convivencia y sumiendo, sobre todo en el ámbito cultural, en una cierta ordinariez chabacana muchas relaciones y actividades. Además, en mentalidades con cierto nivel de holgazanería o incapacidad ante las innovaciones tecnológicas, y también por pura ignorancia, esa actitud ha generado un rechazo directo, cuando no un desprecio explícito, a cuanto se relacione con las nuevas tecnologías (un algoritmo) y la vanguardia de la investigación en la materia, primando ante ellas lo viejo y lo anticuado. También lo chabacano, lo cutre, lo hortera y lo reaccionario.

No serán estas líneas las que pongan en cuestión el valor de la comunicación directa entre personas, sino todo lo contrario, sobre todo en cuanto al necesario diálogo sobre el tiempo en que vivimos y el horizonte que divisamos. Con todas las herramientas de que disponemos. Pero pretender, como hace la publicidad citada, que una persona, por el mero hecho de serlo, pueda tener el suficiente criterio, inteligencia, sapiencia o conocimiento para cualquier tarea frente a un algoritmo (cualquier algoritmo, y recomendar un libro con el único fin de venderlo y no tanto de que sea leído, es una tarea más de matemática económica –algorítmica- que de cercanía humana), es lisa y llanamente un brindis al sol de la publicidad, una manera de falsa “autenticidad”, además de una inquietante forma de desprecio del mundo en que uno vive.

La programación de un algoritmo no está siempre en manos de matemáticos, sino de expertos que puedan lidiar con fórmulas lógicas y tengan conocimientos de programación, estadística o matemáticas, y que saben trasladar la forma de pensar de los humanos a los sistemas de procesamiento de datos. Corregir los sesgos injustos que puede contener cualquier resultado algorítmico decisorio es tarea previa en su diseño y programación, y en esa labor sí habría que poner atención y cuidado, incluso institucionalmente, en lugar de negar la totalidad del propio algoritmo, cuyas decisiones son, siempre, no se olvide, fruto y consecuencia de variables suministradas por personas.

No es una frase publicitaria más o menos útil a la intención del vendedor de libros lo peor de esta balanza que algunos inventan entre el hombre –la persona- y la máquina –el algoritmo-. Lo peor es que existe en el mundo, y en este país, una ideología reaccionaria anti-progreso y refractaria al avance tecnológico, a la que cuesta separarse de ciertos hábitos “tradicionales” (que incluyen un cierto desdén hacia las nuevas tecnologías, fruto sobre todo de la ignorancia y la incapacidad, del ánimo de control y de la pereza), y que esa ideología y sus seguidores ocupan grandes parcelas políticas y de poder de decisión en ámbitos en los que esa desconfianza y esas reservas hacia lo que puede o no hacer “un algoritmo” paralizan proyectos de vanguardia, reducen presupuestos de investigación, obstaculizan avances científicos de todo tipo y retrasan gravemente el desarrollo tecnológico (es decir, vital) de toda la sociedad.

Aunque tal vez en general pueda ser verdad que “las personas recomendamos un libro mejor que un algoritmo”, ante ciertas personas, ciertos libros y ciertas recomendaciones... mejor un algoritmo.