Sábado, 15 de diciembre de 2018

Los extremos

Cuando lo entrevistaron para salir en la tele dijo que al fin alguien estaba rugiendo lo que él quería oír. Entonces escuché. Escuché con atención porque tuve miedo y quise entender con escalpelo lo que sucedía, con escalpelo y con los ojos muy abiertos. Había cientos como él dando las voces, palmeando, sacando sus tambores para agrandar el ruido del redoble, tantos como él —él señalaba— cansados del desorden, pidiendo a gritos una red, o un valor o una norma, que vuelva a explicar que esto sí y que esto no, para salir, por favor para salir, del todovalismo. Porque es, en verdad, infame. No todo es igual. Aunque hayamos crecido escuchando ese canto de la posmodernidad, ay, a qué hora se ha inventado, y por qué, que da lo mismo hacer así o hacer asá, que todas las interpretaciones son equivalentes y que, por tanto, ninguna es preferible. No. No todo vale porque estamos vivos y hay juegos (o casas o caminos o sistemas o hábitos o alimentos) que son buenos para vivir y otros que no.

Pongamos por caso una casa en la que todo está tirado por el suelo, una casa llena de cosas convertidas en obstáculos, una casa en la que no se puede preparar una tortilla porque la sartén lleva tres días sumergida en el fango del fregadero, debajo de una montaña de platos. Como no se puede preparar una tortilla, los dueños ofrecen patatas de bolsa para cenar. Después, tiran la bolsa en el quinto saco de basura que se acumula al lado de la puerta, sobre esa esquina del suelo que rezuma podredumbre. Diríamos que, en esa casa, no se puede vivir porque el desorden es extremo. Los unos por los otros y la sala sin barrer, luego huimos de allí con nuestros tiestos florecidos en la mano para encontrarles un lugar en otra parte.

Ahora pongamos por caso un salón inmaculado, a la enésima potencia de limpio, donde los vidrios parecen no existir de transparentes, las alfombras están alineadas con los cuadros y todo parece casi normal hasta que te ofreces a lavar los pocillos después de la comida y la dueña, tras negarse a que la ayudes implorando que te quedes sentada y diciendo que dónde se ha visto y que no faltaba más, corre detrás de ti para ver de qué manera pones los tenedores y, luego, te explica que aquí van tres, aquí otros dos, y sufre porque, sin querer, has dejado caer una gota de agua jabonosa sobre el suelo de mármol. Llamaremos a esta la casa del orden extremo, en la que tampoco se puede vivir porque la rigidez impide la respiración de las cosas. Y dicha rigidez, escrita con palabras en mayúscula, también es un obstáculo.

En la primera casa todo vale lo mismo: cualquier lugar es bueno para dejar los zapatos inundados de barro y el salón está lleno de colillas fósiles. La primera casa se devora a sí misma y a todos los que, en ella, encuentran acomodo, pues es la casa que diluye la estructura del valor. En la segunda casa solo vale la norma que exige, por ejemplo, que nadie puede sentarse en el sofá sin haberse lavado las manos siete veces. Ninguna de las dos es habitable. Entonces salimos, cabizbajos, con la idea de pausar para un café. Situados ante la posibilidad de lo extremado, en este caso también hay dos opciones: o el café tiene lo amargo de haber sido puesto al fuego muchas veces o te traen un café descolorido. Así son los extremos. Ambos producen náuseas. Y te retiras, anhelando una bebida preparada al amor de aquella vieja receta, el equilibrio, que dice que ni muy muy, ni tan tan.

El extremo de un lado y el extremo del otro son igualmente invivibles. En ellos todo se apaga por exceso de mucho o de poco. En ellos se muere sin más, como las plantas con exceso de luz o de falta de luz, con exceso de agua o de falta de agua. Y, también, como los muchos —muchísimos— millones de personas en los campos de uno y otro extremo, en los horrorosos campos de personas apiladas que murieron a manos de lo extremo de la izquierda y la derecha, a lo largo de todo el siglo veinte. Entonces. Da miedo. De nuevo los gritos que dicen lo extremo, que cantan lo extremo, que cansados de un extremo se pasan para el otro.

Un señor sale en la tele celebrando el triunfo de lo extremo y diciendo que, por fin, alguien ruge lo que él quiere oír. Supongamos que ese señor se llama José y que está muy cansado de que nadie lo escuche. Entonces. Tal vez sea posible empezar por escuchar a José. Tal vez sea posible preguntarle a José por dónde le ha dolido la vida y saber que, puestos en una situación desesperada parecida, José puede ser cualquiera de nosotros. Tal vez sea posible empezar por evitar la situación desesperada. Y guarecer la flor del equilibrio.

Salamanca, 7 de diciembre de 2018