Jueves, 13 de agosto de 2020

De restos humanos itinerantes


El futuro traslado de los restos de Franco sigue dando que hablar, a la vez que ha provocado, una vez más, indecentes manifestaciones en su memoria.

Puede decirse lo que se quiera respecto al traslado, pero no que resulte algo raro o impropio. Y menos en el mundo conceptual del cristianismo, donde los trasiegos post mortem son algo más o menos habitual. Mirando al pasado, los casos serían incontables. Por no ir más atrás, recordemos la traída de los restos del apóstol Santiago desde Tierra Santa hasta Galicia a bordo de un barco de piedra pilotado por sus discípulos. O las idas y venidas de los de El Cid desde Valencia a San Pedro de Cardeña, con su dispersión posterior a la Guerra de Independencia por varios países europeos y su vuelta a Burgos (aunque en la academia de la lengua dicen que hay un trozo del cráneo). Por no hablar del féretro de Felipe el Hermoso, cuya trastornada viuda, la reina Juana, llevó de acá para allá hasta que su padre, el rey Fernando, fue a su encuentro.

Pero prefiero recordar con más detalle la itinerancia de los restos de San Juan de la Cruz desde Úbeda, donde murió, hasta Segovia, donde se supone que se hallan actualmente. Según sugiere Borja de Riquer en su versión del Quijote, este traslado pudo dar pie a la “grandísima y peligrosísima aventura que le sucedió con un cuerpo muerto” (capítulo xix de la primera parte). Cervantes pudo imaginar esa traslación, contemporánea a las primeras correrías de Don Quijote, como trasfondo del relato. Siendo así, si el hidalgo manchego, después de poner en fuga a los canónigos de la comitiva fúnebre, se hubiera atrevido a abrir el ataúd con el que se topó en  noche cerrada –como hizo Francisco de Borja con el de la emperatriz Isabel al llegar a Granada desde Toledo– hubiera tenido una visión macabra, pues al cuerpo le faltaban algunas partes, que quedaron en el monasterio de Úbeda para consuelo de los carmelitas. (Y aún mayor fue el encarnizamiento macabro que sufrió el cuerpo de su amiga del alma, Santa Teresa, troceado y disperso después de su muerte. La superstición ligada a las reliquias se vio estimulada en ese caso porque los restos -según se dice- permanecieron incorruptos mucho tiempo, de modo que Franco mismo conservó una mano de la santa durante años).

Durante la Guerra civil y después hubo un traslado muy general de restos de “caídos por Dios y por España” desde los frentes de guerra a los cementerios de los lugares de origen y los camisas viejas de Falange aún recuerdan el cortejo ceremonial que acompañó al cadáver de José Antonio desde Alicante hasta El Escorial y desde aquí hasta El Valle de Cuelgamuros. También fueron objeto de traslados honoríficos los restos del general Sanjurjo, los de Mola, Goded y muchos otros jerarcas civiles y militares.  Los que no han sido trasladados aún del todo son los de las víctimas del Movimiento franquista, aun yacentes en ignominiosas fosas comunes,  para vergüenza colectiva de esta sociedad, que aún tolera los aspavientos y provocaciones de sus herederos ideológicos.

Es un viejo tópico decir que la vida es un viaje o peregrinación. Y la muerte misma es un tránsito de un sitio a otro. Pero más allá no acaba el movimiento: aunque el Réquiem invoque el “descanso eterno”, el Día del Juicio la trompeta celeste nos pondrá en pie a todos, lo mismo que un toque de diana cuartelario, al que seguirá un paso ligero de todo el mundo hasta el valle de Josefat, convertido en sala de audiencia universal. Visto el caso, la sentencia nos destinará a un sitio u otro, donde por fin, ahora sí, permaneceremos para siempre. Bueno, a no ser que vayamos al Purgatorio…

(Grabado de Gustave Doré)