Domingo, 16 de diciembre de 2018

Nola idatzi Errioxa?

Para los que, como yo, no tienen ni idea de la lengua vasca, quiero comenzar aclarando que el título de este comentario, escrito en vascuence macarrónico, se puede traducir, más o menos, por: ¿Cómo se escribe “La Rioja”?

Soy consciente del peligro que supone, para un aprendiz de escritor, hacerlo en Salamanca, y más sobre el origen de las lenguas vernáculas. Dios me libre de semejante osadía. Si hoy entro en el tema es para referirme a la pretensión de los miembros/as socialistas del parlamento riojano de introducir una enmienda en un futuro Estatuto autonómico, para poder equiparar, de ahora en adelante, el peso que tienen en esa comunidad, tanto el castellano como el euskera. Hoy se conserva en el Monasterio de Yuso (San Millán de la Cogolla) un códice escrito alrededor del siglo IX, naturalmente en latín, que pasó desapercibido hasta principios del siglo XX. Tratando de estudiar la arquitectura del vecino Monasterio de Suso, alguien reparó en las anotaciones (glosas) al margen del códice guardado en el cenobio riojano. De las más de mil glosas, un centenar están escritas en lengua romance y dos en caracteres euskaros. Es lógico pensar que su autor sería bilingüe, circunstancia razonable dada la proximidad geográfica de lo que hoy conocemos como País Vasco.

Si autores de reconocido prestigio siguen polemizando sobre el contenido de las famosas Glosas Emilianenses, no seré yo quien se atreva a hacerlo. Únicamente se me ocurre añadir que si hubo en su día un núcleo vascoparlante en el territorio ocupado por la actual Comunidad de La Rioja, debió ser insignificante ya que, en boca de uno de los promotores de esa enmienda; “En La Rioja no se habla, ni se hablará nunca, en euskera” Sin embargo, lo que me inquieta es que, a pesar de reconocer el exiguo peso actual del vascuence en la población riojana, la razón que se alegue para querer introducir la enmienda sea que: La Rioja considera la lengua española y el euskera como un elemento esencial de su acervo histórico y cultural, constituyéndose así como lugar de encuentro de todas las lenguas españolas”

¡Bien, koño, bien!  Supongamos que durante los siglos de dominación árabe, ese códice hubiera caído en manos de un literato musulmán –que sí los hubo-, y se le hubiera ocurrido hacer alguna anotación marginal. Hoy tendríamos a los socialistas riojanos reclamando el árabe como elemento esencial del acervo histórico y cultural de su tierra (a pesar de que, en justicia, tendría más lógica, por los múltiples vocablos del nuestro castellano con claras raíces del idioma árabe)

. Como en tantas ocasiones, visto el rechazo generalizado de la propuesta, se pretende ahora quitar hierro al tema. Tanto buenismo me sorprende. Así comenzaron, en su día, catalanes y vascos; y ahora caen como lobos sobre la lengua castellana. Que no. Que ya son muchas las veces que los socialistas hacen lo contrario de lo que dicen. Esta letanía la hemos oído muchas veces. A continuación, viene aquello de: “Las cosas se han sacado de contexto” o “Lo que sucede es que, a falta de otros argumentos, la oposición sólo busca atacar al Gobierno”  Lo verdaderamente cierto es que, después de todas esas disculpas de mal pagador, los socialistas no reconocerán nunca su error e intentarán traspasar la responsabilidad al contrario. Si el rechazo es clamoroso –como en el caso que nos ocupa-, se retirará momentáneamente la iniciativa, esperando mejor ocasión. Y así ha sucedido.

Con la pretendida reforma del Estatuto, los socialistas riojanos buscaban un doble objetivo. En primer lugar, se daba satisfacción a ese mínimo porcentaje de riojanos que, a semejanza de  lo acaecido en Navarra, pretenden encontrar  en el euskera un caballo de Troya capaz de colonizar La Rioja. Y también porque, dado el prolongado predominio conservador en todas las elecciones celebradas en esa Comunidad, los socialistas nunca podrán gobernarla si no es en coalición con las fuerzas independentistas o populistas. Una de las formas para llegar al poder es ganar puntos ante los partidarios de romper la unidad de España. Lo están haciendo, descaradamente, en aquellas Comunidades que cuentan con una segunda lengua vehicular, llegando incluso a ponerse del lado de quienes prescinden totalmente del castellano en los centros de enseñanza. Una vez dado ese primer paso, no faltarán compañeros de viaje dispuestos a meter la cuña del separatismo.

Recientemente hemos asistido al triste espectáculo de comprobar cómo el PSOE, después de negar en el Parlamento su intención de conceder el indulto a los responsables del golpe de estado catalán, se han negado a votar las propuestas de los partidarios de suprimir los indultos a los reos de rebelión y sedición. Lo mismo podríamos decir en temas como la supresión de aforamientos, la falta de amparo a jueces coaccionados por los secesionistas  o el apoyo dado en algún ayuntamiento a resoluciones en las que se pide reprobaciones a la Monarquía, instantes después de haber asegurado lo contrario ¿Por qué será?

Todo aquello que tanto criticó desde la oposición, corregido y aumentado, surge cada día entre sus representantes. Es cierto que la izquierda siempre está dispuesta a dar lecciones de moralidad y honradez, aunque sea a costa de poner sordina a los medios de comunicación. Sin embargo, el hedor ya es tan manifiesto que, lo que tapa con un extremo de la manta, aparece por el otro. Cada día sale un nuevo miembro del gobierno salpicado por la inocente costumbre de valerse de sociedades montadas con el cándido objeto de pagar menos impuestos. Hasta los compañeros de viaje que venían a limpiar las cloacas, se ven envueltos en chanchullos y empujones para alcanzar el sillón. Es igual, la izquierda sigue teniendo bula para exigir a los demás lo que no quieren que se les aplique a ellos. Ahora bien, el PSOE es especialista en buscar la equidistancia entre los que abogan por el respeto a la Constitución y los que pretenden una reforma en profundidad, que abarque cambios verdaderamente rupturistas. La principal diferencia radica en que sus compañeros de viaje lo declaran abiertamente, y ellos no.

Con la situación actual en el Reino Unido, se está poniendo de manifiesto lo efímero de resoluciones basadas en consultas ganadas por un estrecho margen. La ruptura interna de la sociedad está ocasionando tal incertidumbre que, en la práctica, hace casi inviable una solución a su Brexit,

El mismo problema tenemos ya instalado en la sociedad catalana, donde una mitad quiere imponerse a la fuerza sobre la otra. ¿Queremos trasladar ese problema al resto de las Comunidades? ¿O es que España no tiene otras urgencias más ineludibles?