La herramienta dormida

(A Antonio Gómez Jiménez, ebanista de ley)

 

La vida es aquello que te pasa mientras vas haciendo otros planes, dejó escrito y dicho alguien inteligente y observador. Y mientras se vive, el hombre y la mujer utilizan las manos para crear, para imaginar cosas y para hacerlas realidad con las manos y con las herramientas para construir, para cincelar de la nada.

 Pero las personas vamos pasando a través del tiempo, de las estaciones y los calendarios. Los músculos, cada vez que pasa una Navidad, tensan menos y los resortes físicos acumulan, al paso del rotundo reloj, lentitud y dolor. Es la vejez. Cuando el ansia pierde su medida o cuando nos perdemos en los olvidos; van naufragando, poco a poco, los ojos, que antes eran de azor y ahora del descarnado cansancio.

Y aunque la vejez se encona, se quiera o no (¿para qué luchar contra lo inevitable?, decía Cicerón), se pasan unos pocos años con la herramienta en la mano, volviendo una y otra vez al espíritu del trabajo, del oficio…al eco de la nostalgia, con la inquietante idea de que se acerca una meta. Y continuamos haciendo cosas, creando cosas, ordenándolas con disciplina militar. Cosas que llevaran por siempre nuestra piel, nuestro aliento y la suave caricia de nuestro soplo creador.

 Y un día, quizá el último, volveremos al taller, a abrazar con el pulso flojo, el mango del escoplo, a sujetar sin nervio el alicate o a enderezar temblando la pomada.

 Y al despedirnos repasaremos con la ajada mirada, los útiles que encumbraron nuestra vida de artesano y que le dieron alcurnia a nuestro talento.

 Nos iremos para sellar el regreso pero ella, la herramienta, quedará sola allí, dormida, esperando un nuevo hálito creador que la devuelva a la vida.