Sábado, 7 de diciembre de 2019

La realidad es tan confusa...

Y bueno... entre tanto hedor y mugre y deshonor, tanta reunión de versificadores de la nada, tanto ego desatado y tanto ripio que simula poesía, emerge limpia y clara la voz  del escritor húngaro László Krasznahorkai,  y pronuncia la verdad que la cabeza entiende y el corazón cobija: “La realidad es tan confusa... Mejor que la filtren los poetas”. Y uno busca un poeta de hoy que filtre en sus versos y por sus venas la realidad que enloquece... Y no lo encuentra. Y uno va hacia atrás en el tiempo, hasta un poema que lo signó hace tantas vidas que ni el espejo recuerda, y encuentra en su memoria estos versos del gran José Hierro, mi muerto de este día de muertos, mi amigo y mi cordura, y la piel vuelve a erizarse con el violento azul escalofrío de lo verdadero, y hoy les presta a esos versos de muerto sin flores, este espacio más de ellos que de ninguno, para que filtren en su voz el hoy sin piedad y el ayer que confunde las brújulas, con la esperanza de que estos versos hermosos como la luz sean leídos este día de poetas a medio vivir, porque... la realidad es tan confusa...:

 

REMORDIMIENTO, de CUANTO SÉ DE MÍ, José Hierro, 1957.

 «Tuve amor y tengo honor.
Esto es cuanto sé de mí»

CALDERÓN DE LA BARCA

              I

Inútilmente fui
recorriendo senderos
entre mármoles.

Luz
de prodigiosa hondura.
(Toda la noche había
llovido. Al clarear
cesó la lluvia. Nubes
navegaban el cielo;
nubes blancas).

Inútil
fue recorrer senderos,
buscar tu nombre. Inútil:
no lo hallé.
Y recé una oración
por ti —¿por ti o por mí?
Después te olvidé. Sean
los muertos los que entierran a sus muertos.

              II

Estaba
tan olvidado todo!
Pero esta noche...

¿Por qué será imposible
verte de nuevo, hablarte,
escucharte, tocarte,
ir —con los mismos cuerpos
y almas que tuvimos,
pero con más amor—
uno al lado del otro...
(Ilusión descuajada
del espacio y del tiempo
lo sé para mi daño).

Yo te hablaría lo mismo que hablaría,
si yo fuese su dueño
mi verso: con palabras
de cada día, pero
bajo las que sonara
la corriente fluvial
de la ternura.
Como se hablan los hombres,
conteniendo las ganas
de llorar, de decirse
«te quiero». Sin llorar
ni decirse «te quiero»,
que es cosa de mujeres.

Qué quedaría entonces
de ti, después de tantos
años bajo la tierra.
Dónde hallarte —pensé
aquel día. No estamos
jamás donde morimos
definitivamente,
sino donde morimos
día a día.

              III

Pero esta noche...

Te abrazaría, créeme,
te besaría,
te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.

Y te comprendería
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cómo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...

              IV

Son líneas sin sentido
éstas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea música
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto.

Tu mano viva.
Yo pensé en ella, pero
era una mano muerta,
una mano enterrada
la que yo perseguía.

Inútilmente fui
buscando aquella mano.
Se estaba convirtiendo
en festín de las flores.
En vaho tibio para
empeñar las estrellas.
En luz malva y errante
que da su son al alba.
Estaría mezclándose
con la tierra materna.
Se hacía mano viva:
lo que es ahora.

              V

Te abrazaría, créeme.
Te daría calor.
Te comprendo ya. Entonces
no era tiempo. Fue un día
de septiembre, en Ciriego,
—un cementerio que oye
la mar— el año mil
novecientos cincuenta.

Cuando vivías, eras
un extraño. Aquel día
entre mármoles, fui
buscándote, tratando
de comprenderte. Sólo
esta noche, de modo
inesperado, al fin
he comprendido.

Tarde,
para mi daño.