Sábado, 24 de agosto de 2019

Difuntos para la esperanza

El Día de los Difuntos nos invita a ir de la tristeza a la esperanza.

Francisco

 

Nuestros difuntos no están muertos. Viven la plenitud de Dios, que lo llena todo.

J. A. Pagola

 

¡Oh! ¿Dónde está el lugar? – yo lo llevo en el corazón –

                                                                      Rainer María Rilke

La muerte nos sitúa ante el misterio de la vida, es una realidad que nos coloca ante los límites de la existencia. Hoy no es fácil hablar de la muerte, pero de alguna manera nos toca y nos roza; el miedo a la desvinculación, el temor a perder a los seres queridos que van envejeciendo, ya forma parte de esa realidad límite que tiene que ir asumiendo el ser humano.

En el hondón de nuestra existencia, la muerte es la no respuesta. Es esa realidad que nos desnuda de toda desnudez, es el silencio de la angustia que nos hace sentir nuestra fragilidad y nuestra finitud. La muerte de nuestros seres queridos nos permite abrir el sentido a una realidad que va más allá de uno mismo, a una totalidad de la existencia que nos desborda y que se resuelve en el recinto sagrado de nuestro corazón.

La muerte necesita ser pensada, asumida y vivida. Nos arroja hacia el sinsentido y desde ahí, nos abre a esa realidad que nos trasciende, y que en su realización nos desvela la totalidad que nos la anticipa el “todavía no”. Si el dolor es parte de la muerte, también lo es la esperanza. En el sonido del silencio, no sólo habla el dolor, también lo hace  del  misterio, esa realidad amorosa e indecible que los creyentes llamamos Dios.

La razón de Jesús no terminó en el silencio de la nada, Dios no defrauda. Muere dolorido, pero seguro y confiado al amor misericordioso del Padre. En lo más misterioso del silencio de la cruz, Jesús deja todo el sentido de su vida y existencia en las manos de Dios. Ese Dios escondido permanece siempre como un Dios vivo y cercano. Un Dios que es el Señor de la vida y de la muerte, solo en Él encontramos la luz suficiente para dar sentido a nuestra existencia y, la fuerza para enfrentarnos a la muerte.

En el Santoral cristiano ocupa un puesto relevante la celebración del día 2 de noviembre, donde se conmemora a Todos los Fieles Difuntos, cercana a Todos los Santos que contribuyen a iluminar el final de la existencia cristiana con la luz esperanzadora que emana de la Pascua de la resurrección.

Somos más humanos cuando somos capaces de dar vida, cuando tomamos la distancia suficiente para poder valorarla y desbrozar aquello cuanto es más superficial y, así podemos vivir en comunión con lo esencial. Solo podemos unirnos a nuestros difuntos cuando hemos recorrido el mismo camino y hemos realizado la misma elección que ellos, morir allí donde estábamos excesivamente vivos, y nacer allí donde aún estamos muertos.

Morir para un creyente, no es una separación del cuerpo y el alma, sino una transformación del ser humano en su totalidad. Es entrar en una nueva existencia, la realización absoluta de la vida, la plenitud definitiva de la realidad humana, la felicidad completa que conlleva el estar junto a Dios, la consumación definitiva de la creación. Es esa realidad que los amigos de Jesús llamaron resurrección.

No es la muerte la que está en juego, es la aceptación o no del amor de Dios que se nos ofrece. Decidirse por el amor de Dios, no es a vida o muerte, pero sí de vida o muerte. Dejarse llenar del amor de Dios es un proceso paciente, libre, lleno de momentos y lugares, sin grandes intensidades ni arrebatos místicos, con pequeños gestos y esperanzas. Si no tenemos amor, es que todavía no hemos nacido; sin amor, no sabemos que nos morimos.

Si nuestros difuntos están unidos a Dios, que es amor, orar por ellos no es intentar que el Padre sea más benévolo, sino pensar en ellos con amor. Estamos unidos a todos los hombres en Dios, que es amor y ama a todos, muertos y vivos. Para nosotros, un pensamiento de amor verdadero es operativo, ya sean personas vivas o muertas, porque vivimos del amor de Dios. Amar es siempre vivir unidos, en comunión, incluso allá donde les haya conducido su destino. Su presencia en Dios, hace más profunda su vida en nuestra existencia, ya que con su amor penetran en nuestro ser y nos aman más que nunca, pues nos aman desde Dios y en Dios.

Foto: Marisol Sánchez. Cementerio de Comillas.