Jueves, 13 de agosto de 2020

El libro, el vino, la libertad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El principio del ser humano debió de ser silencioso. Los pasos del hombre primitivo abrían el paisaje como latidos apenas audibles para el depredador al acecho. No sabemos si, antes de ese principio, el tránsito de la nada al universo requirió de la palabra, como quieren las religiones, que equiparan ambas cosas, el verbo y la creación. Pero más bien apetece concebir ésta como apoteosis pautada por una música muda de números, formas y proporciones, según imaginaron primero los pitagóricos.

Caían de las ramas gotas de rocío imperceptibles y salpicaban los helechos cuando, al clarear el sol, el antropoide saltaba a tierra desde los árboles protectores. Ese ser necesitó usar su voz para vivir: poner nombres, hablar con otros y hacer hablar a los fenómenos naturales, darles un sentido y una intención: los vientos y sus palabras, la lluvia y la suya, la noche y el amanecer, los rugidos de las bestias... Eran las palabras de la tribu, que fueron creando el mundo por segunda vez, y le fueron recreando a él como ser dominante del mundo.

Pero... volat irrevocabile verbum; para sobrevivir y seguir adelante –para progresar– fue necesario dominar también el tiempo y codificar la memoria, registrar las leyes humanas y naturales y catalogar todos los seres, tanto los reales como muchos de los posibles y bastantes de los imaginarios. Así surgió la escritura y el número y así nació el libro.

No vamos a hacer aquí el panegírico del libro; sobra entre personas que están escribiendo y leyendo (si es el caso). Sólo brindo por él con vino, si me piden homenajearle. Porque es curioso el parentesco etimológico. En latín liber es "libro", obviamente, pero también significa la corteza del árbol y en mayúscula es Baco y, por extensión, el vino y la persona libre, “por la libertad que el vino engendra”, según apunta Raimundo de Miguel en un diccionario de finales del siglo XIX. El Cobarruvias nos aclara este embrollo: seguramente las cortezas de árbol y las hojas del papiro fueron los primeros soportes de la escritura, como no lo fueran las tablillas de arcilla sumerias, usadas más bien para apuntes contables.

Esa familiaridad entre el mundo libresco y la vegetación se ve también en las páginas, ya que página quiso decir en la lengua Horacio hileras de vides, a las cuales se semejan las líneas de palabras que forman columnas en un volumen, que fueron avanzando como vanguardias de la mente, clasificando y ordenando todo el universo y creando otros mundos alternativos, dioses incluidos. Así mismo se advierte esa relación entre lo vegetal y lo libresco en el códice, cierto tipo de libro, que viene de codex, el tronco de árbol sin las ramas, lo que nos recuerda al poeta: “Estos chopos del río (…)/ tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/de enamorados, cifras que son fechas”.

Ni vamos a hablar de los enemigos del libro, los mismos que persiguen la libertad, ni del nuevo silencio que va creciendo, más allá del run run incesante de las redes y de los medios de comunicación de masas.

El libro seguirá ahí, pues lo necesitan los hombres y los dioses para afirmarse como tales.