Domingo, 18 de agosto de 2019

Por alusiones

Como afirmo que la “consulta” que acaba de tener lugar fue una farsa, entiendo que para el presidente electo de México soy corrupto y ratero; aunque agradezco la deferencia de que un personaje de tan alta investidura electa hable de mí, aunque sea para insultarme, creo que a él le corresponde la carga de la prueba...

Un presidente electo, sobre todo cuando cuenta con el respaldo de una mayoría muy significativa, puede tomar las decisiones que le parezcan, siempre dentro de la ley. Para eso lo eligieron; incluso, como también le dieron un abrumador respaldo legislativo, puede cambiar la ley, cualquier ley, incluso la Constitución, para decidir, nombrar, cambiar, poner, quitar…

Lo que no puede es redefinir conceptos ni obligarnos a pensar como él quiere a quienes no pensamos como él. Para eso no hay leyes; puede prohibirnos hablar (había escrito prihibirnos [dedazo], mi dedo también se pone sabio cuando quiere), pero no obligarnos a decir lo que él quiere.

Soy demócrata, por eso creo que mandar “al diablo las instituciones” parecía un punto de partida profundamente antidemocrático cuando hace años lo dijo; y parece que llegando al poder -no olvidemos que todavía no llega-, trae la intención de rehacer las instituciones que no le gusten, no le sirvan o no (se) le acomoden. Pero también deja la sensación de imposición, de abuso, esa que suele quedar cuando alguien con poder necesita marcar un “aquí mando yo”.

El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, dice que no hay que temer al pueblo pero, donde hay un padrón de más de 85 millones, una institución que lo gestiona y organiza las elecciones, él y su gente, con sus reglas, con sus preguntas, decidieron organizar una “consulta” en la que, según sus cálculos, participó un millón. Y no hubiera podido participar muchas más gente porque no había casillas ni boletas para todos… Ellos lo dijeron desde antes, no yo.

En esta “consulta”, de pocos para pocos,  sí habló el “pueblo”; siguiendo su estilo de razonamiento, en las anteriores, como las organizó una institución fraudulenta (la que, como sociedad nos habíamos dado para que nos “tome nota”, es decir, el INE)… para él y los suyos, no habló el pueblo sino que lo manipularon.

Siguiendo el razonamiento, los ciudadanos que con el IFE o con el INE, participaron recibiendo y contando votos, son sospechosos, incluso en la elección que ganó el pasado 1 de julio. Los ciudadanos que han participado en esta consulta, de ellos y para ellos, son ejemplo de probidad, por dogma de fe.

El señor aún no llega al poder, no lo olvido; aunque dice que esta “consulta” es vinculante, hoy por hoy es un ciudadano más y cuando sea presidente, la justificación de sus decisiones podrá estar en una consulta, una opinión o el horóscopo; las decisiones presidenciales son eso, decisiones.

O sea, la falacia es llamar democracia directa a lo que no tiene ni siquiera valor estadístico.

Pero además, se acusa a los medios de estar en contra y, en esos mismos medios, que no han dejado de darle voz, él ha machacado que “solo los corruptos y los rateros están en contra de la consulta”.

Como afirmo que la consulta fue una farsa, entiendo que para el presidente electo soy corrupto y ratero; aunque agradezco la deferencia de que un personaje de tan alta investidura electa hable de mí, aunque sea para insultarme, creo que a él le corresponde la carga de la prueba...

Si no, por mor de la precisión, el señor me ha difamado. Con todo respeto, por supuesto.

@ignacio_martins

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