Lunes, 9 de diciembre de 2019

Las "fealdades" de Salamanca

"Las calles, los parques, los rincones, a pesar del ejército de limpiadores municipales, siempre están llenos de envoltorios de chucherías, plásticos, papeles, que afean la ciudad", afirma Francisco Delgado

Pongo la palabra “fealdad”, entre comillas, pues en las líneas que siguen tiene el sentido  de la frase que  dicen, o  decían, los padres a los niños “¡eso está feo!” o “¡muy feo!”, cuando el niño hacía algo contrario a las normas de educación.

Pues, bien, Salamanca, como conjunto, tiene una serie de costumbres y/o conductas, que pueden de calificarse de “feas” o muy “feas”. La mayoría de las que voy a describir las realizan los salmantinos, no los foráneos aposentados aquí. La primera fealdad que me viene es esa especie de prohibición a ultranza de no poder criticar los propios defectos, bajo pena no escrita de destierro emocional, o al menos de ácida reprimenda. El salmantino medio no desea saber nada que sea negativo de su ciudad o sus habitantes. (El único periódico de la ciudad que se edita en papel, critica todo lo de fuera, pero de Salamanca solo llega a permitirse “criticar” o señalar algún socavón de sus calles).

El segundo defecto de los salmantinos es su antipatía creciente y “extraña”, pues va en aumento; (repito de nuevo que estos “defectos”, son impresiones sobre la generalidad, no se refieren para nada a numerosos individuos) En esta antipatía sobresalen, a la vez, dos características: una, su gran amor por las discusiones, cuanto más violentas o largas, parece que más disfrutan; el asunto de la discusión también parece ser lo de menos, la política, los gritos de un niño, la derrama votada en la comunidad de vecinos…La otra característica observada, ligada a la antipatía es que si has tenido un desencuentro, de mayor o menor importancia con alguien, ese alguien jamás te volverá dirigir la palabra, y  además ¡sus amigos/as tampoco te volverán a  hablarán…quizás nunca más!

En la sociabilidad que manifiestan se observan los dos polos: una cháchara interminable en autobuses, aceras, parques o cines, sin que nunca les llegue la duda de si esta cháchara molestará a los próximos (en algunas piscinas públicas cerradas pasan mucho más tiempo charlando que nadando o haciendo ejercicio) y el otro polo es la fobia a abrir sus casas, no ya para alguna ocasional invitación a comer o tomar café, sino ni siquiera para celebrar algún acontecimiento feliz. Un amigo no salmantino, sociable y simpático, me contaba hace poco que en los once años que lleva viviendo en esta ciudad no ha recibido ni una sola invitación alguna vez, a casa de algún salmantino.

También se observa que no les cuesta nada criticar o hablar mal de terceros, pero ¡hablar bien de alguien, alabar a alguien!, eso les produce, quizás, vértigo. A lo más que llegan es a una palabra, (más en Facebook que en la vida real) del tipo “guapa” o “estupendo” o “muy bueno”.

El último defecto, sobre todo en las jóvenes generaciones, es su nulo amor a la limpieza: las calles, los parques, los rincones, a pesar del ejército de limpiadores municipales, siempre están llenos de envoltorios de chucherías, plásticos, papeles, que afean la ciudad. Ni estudiantes universitarios, ni bachilleres, ni trabajadores o parados, se libran de esta falta de valoración de los espacios públicos.

Pero claro, sorprendentemente, jamás he visto a ningún representante de la autoridad poniendo la menor multa por ensuciar un lugar público. Ocurre como antiguamente en las casas ricas: “¡Para eso están las criadas!”.