El camino de la vida es circular

 

Llegamos al mundo en la primavera de la vida, como estos pajarillos que ofrecen sus picos buscando alimento.  En esta temprana edad, brotamos de la tierra como hierba fresca regada por la lluvia. El impulso vital que nos anima  es el mismo que impera en todos los seres vivos.  

Nos fortalecemos en el verano. Es la estación por excelencia. En ella, todas nuestras capacidades alcanzan su máximo esplendor. El esfuerzo y el trabajo harán el resto y, si hemos actuado con responsabilidad, la cosecha será abundante. 

Después, nos sumergimos en el otoño. Cambia la textura de nuestra piel y las fuerzas decaen. Es la estación dorada, también roja, como el color de la vida. En este tiempo, emulamos la conducta de la Naturaleza; vestimos nuestras mejores galas. Es decir, nos cubrimos con la sabiduría que aporta la experiencia y,  además,  contamos con tiempo suficiente para cuantificar nuestro patrimonio de aciertos y  errores.  Es hora de reflexionar; de mirar atrás sin esos intereses censurables; aliados de las oportunidades que tanto nos alejan de la verdad. 

No ha pasado tanto tiempo y llegamos al invierto. Sacamos billete de ida para un destino incierto; el mismo que llevamos en la memoria construido con miedos, al no conocer el destino que nos espera. Pero no hay que temer a los dictámenes de la Madre Naturaleza, ella nunca se confunde. Todo muere para renacer y, todo lo que nace, lleva el final encadenado como condición inapelable.

El camino de la vida es circular. Nacimiento y muerte forjan un equilibrio que no comprendemos, y por eso no lo aceptamos.  Este ciclo vital se repite permanentemente en todos los seres vivos. Es la forma que adopta la Naturaleza para mantener actualizados sus procesos. El mundo siempre es joven y dinámico, para que así ocurra, extrae de la muerte el germen de la vida, quizá para que nada se quede atrás sin oportunidad de renovación.

Sin embargo, aunque resulte difícil sostener este principio a través de la razón, es posible mantener la confianza en el impulso vital que nos anima. Se trata de la misma fuerza que nos engendró. Pues, la misma razón que nos niega la certeza en determinados momentos, presenta ante nuestros ojos la armonía que existe en todo lo creado. Y, aunque nada permanece indefinidamente, el sacrificio de la vida nunca resulta gratuito. 

La existencia está tejida de principios que no entendemos, y de elementos que no se hacen visibles, quizá como medida de autoprotección. 

Todo sufre transformación sin que apreciemos los cambios. Esa misma renovación tiene lugar en cada uno de nosotros, pero, entretenidos con las cosas, ni siquiera pensamos en ello.

              Manuel Lamas