Sábado, 24 de agosto de 2019

¿Recuerdan cuando llovía en Salamanca?

Sí, cuando en otoño muchos días llovía, normalmente, naturalmente, sin temor a que raras lluvias inundaran nuestras casas o desbordaran el río;  también llovía algunos días en invierno y en primavera. ¿Recuerdan cuando la nieve cubría toda la ciudad con su resplandeciente manto blanco? O cuando la niebla nos invadía, la ciudad, los campos, toda la llanura castellana…y se quedaba perenne, días y días, y añorábamos el sol, pero nos acostumbrábamos a esa niebla que nos hacía sentir nuestra existencia y la de los demás, más nítida.

Cuando en primavera salíamos al campo, andando, no en coches, y solo alejarnos unos metros por el regato de los Hoyeros, que incluso en verano llevaba agua, nuestra vista, nuestro olfato y nuestros oídos se henchían de los colores de las amapolas, de las margaritas, de las azucenas, del olor a menta, a tomillo y a hierbabuena, y oíamos los trinos de los pardillos, o de los gorriones al lado del arroyo. Así era Salamanca, viva, en las cuatro estaciones que como cuatro decorados obligaban a la vida a modificar costumbres, recorridos y puntos de vista. Así eran los campos de España.

Ya no existen. Están secos, cruzados por carreteras y autopistas de norte a sur y de este a oeste. Nuestros pueblos se vacían, los habitantes huyen: no encuentran alicientes mínimos para quedarse a vivir en ellos. Pocas plantas, apenas animales, apenas semejantes fuera de las ciudades, con los que compartir alegrías y tristezas.

¿Qué hemos hecho mal, para que se nos haya arrojado de esos paraísos y se nos inunde de chismes digitales, escupiendo todo el día imágenes irreales que ni siquiera pueden hacernos olvidar toda la riqueza perdida?

¿Qué responderemos a nuestros hijos, a nuestros nietos, cuando  nos pregunten qué es el otoño? ¿O cuando quieran saber si aún hay ranas y nidos a las orillas del Tormes? ¿O cuando, ahogados de calor quieran tocar la nieve que “ven” en sus pantallas?

Cuando el sábado por la tarde La Sexta de tv.  jugaba a meternos miedo por las terribles consecuencias del paso del huracán Leslie por la península, muchos salmantinos dudábamos si seguir el juego a los “metemiedos”  y creérnoslo; pero algo acumulado por los años nos daba la sabiduría suficiente para responder a La Sexta: ¡Menos lobos! Ningún lobo apareció por los montes portugueses, dispuesto a devorarnos. Los pocos que quedan son apuntados por las escopetas de muchos ganaderos castellanoleoneses, que temen por sus rebaños. Cada vez hay menos lobos. Y menos lluvia. Y menos ganado.

Hemos perdido la riqueza que poseíamos. Lo más triste que ha ocurrido en  las últimas décadas es querer compensar la pérdida de la vida y de la naturaleza que nos rodeaba, con maquinitas dispensadoras de fotografías o de información que solo nos llevan a mirarnos a nosotros mismos. A los selfies.