Sábado, 24 de agosto de 2019

El mal existe

Sí, ya sé que no es un gran descubrimiento. Pero es que yo me negaba a reconocer este punto. Y eso que durante mis estudios de Filosofía me preocupé y hasta hice algún que otro trabajo sobre la existencia ontológica de lo que creía un comportamiento decidido voluntariamente dentro de unos márgenes ajustados a la normalidad. Pero me negaba a aceptar su existencia en estado puro. A lo más que llegaba era a reconocer que todos tenemos dentro la posibilidad de ser mala gente, pero no a que hubiese gentuza que nacía así de endemoniada. 

Y claro, no es lo mismo leer disquisiciones académicas sobre la maldad que darse cuenta realmente de que el hijoputismo no es sólo una actitud que se pueda corregir con un buen ambiente familiar y social, con una educación apropiada y con unas leyes que favorezcan el bien común y hasta el individual. Hay hijoputas de serie que, además, disfrutan haciendo el mal y hasta sacan pecho por sus delirantes, inhumanos y malvados actos. Que no todo el mundo es bueno, vamos.

Y sí, soy creyente. Y sí, parece mentira que venga ahora con este asunto cuando es algo que se da por sentado con el rollo de la manzana -que vete tú a saber qué fruto era-, con el demonio, con el ángel caído y con el remate inequívoco del padrenuestro. Y líbranos del mal. 

Pero es que el optimismo utópico es lo que tiene, que uno construye la realidad adaptándola a sus creencias, vivencias y deseos. Como Saulo, el de Tarso, me acabo de caer del caballo -o de donde quiera que estuviese cuando la luz le cegó-. En mi caso, ha sido la oscuridad la que ha venido a dar sentido al bien, a valorarlo mucho más. A empujarme a entender que no sólo basta con ser buenos sino que es cada vez más necesario luchar contra el mal.

Acabo de caerme del guindo. A mi edad… y no me avergüenza decirlo: existe el mal. Hay gente mala, muy mala. Personas tan egoístas y malvadas que no pueden ser consideradas como parte de la humanidad. Auténticos demonios, diablos, encarnaciones de lo peor a los que es imposible hacerles entrar en razón. Hijoputas de nacimiento que cultivan con orgullo su vocación.

Lo peor no es haberme dado cuenta tan tarde de su existencia. Ni siquiera de que estén tan cerca de nosotros. Lo peor es que estos poquísimos malnacidos son capaces de conectar con lo peor que todos llevamos dentro. Y apelando a nuestra parte más irracional pueden arrimarnos a su sardina, aunque seamos buenas personas, para lograr sus más terroríficos fines. Porque los malos son capaces de cualquier cosa para triunfar. Es una guerra oculta pero muy real. De verdad. 

Los malos son capaces de todo. Incluso de presentarse a unas elecciones y -no sería la primera vez, ni el primer lugar- gobernar con puño de hierro aplastando la bondad desde la más profunda y cínica posverdad.