Viernes, 19 de octubre de 2018

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Estar en un barco es difícil. Es decir, estar en un barco que cruza el océano es difícil, sobre todo si el viaje puede durar meses o no se sabe a dónde llegará.

Estar en medio del mar, a mar abierto, con agua de no beber rodeando los costados y solo sal por todas partes, sometidos también al oleaje que marea y hace que el cuerpo se desplace, entre la popa y la proa, caminando como un péndulo es, quién podría negarlo, fatigoso. Subirse a ese barco con rumbo a occidente. Quién, entre nosotros, hoy diría sí, voy, en dónde está la carabela que me subo de inmediato. ¿Pero no se da cuenta, señor, que los que van en esas naves no saben a dónde se dirigen? No me importa, soy valiente y voy de todas formas, diez meses de océano en dirección a las Indias porque la tierra es redonda y se puede arribar por otro lado. Qué locura. Entre el mar y el más mar, un barco de madera en la mitad de la esperanza de llegar a alguna parte.

Así viajaron. Se subieron en La pinta o en La Niña o en La Santa María y, después de muchos días, después de un número insoportable de días de sed y de sol y de mareo (aunque también, imagino, hubo noches preciosas), avistaron la isla y pensaron que eran sirenas los que se llamaban manatíes. Así empezó otra historia. La historia que ahora es nuestra y está escrita sobre pliegos en donde nunca constaron los siglos de imaginación prehispánica que conocía el cacao, pero no los caballos.

Resulta arduo, en una tarde lluviosa de otoño del siglo veintiuno en este lado del mundo, ponerse en situación: los hombres barbados hincando sus pies en una isla de vegetación impenetrable, un término medio entre paraíso y jungla y polifonía de mosquitos, en donde había seres sin ropa que parecían, también, personas, pero que eran tan distintos. Imaginemos ese encuentro. De verdad, por un momento, imaginémoslo. ¿Quién es el valiente de nosotros que, estando en uno o en otro lado de la playa, no saldría espeluznado, huyendo? Pero ellos, los de barba, habían cumplido su cuota de meses de mareo en carabelas diminutas y, tal vez, tenían la obligación de devolver en buenas nuevas el montón de dinero que la expedición había costado. Entonces se ajustaron las bisagras de las armaduras, orientaron las brújulas y empezaron a andar, monte adentro, cortando maleza, trenzando puentes sobre la imposibilidad de cada río con las ramas de los árboles, saltando peñascos sin ayuda de arneses, abriendo a brazo limpio la correosa espesura de lo incierto.

Alguna vez, estando allí, he encontrado, debajo de la hierba, los vestigios de un camino real. Así se llamaron, caminos reales, aquellos senderos de piedra que configuraron el sistema de redes de comunicación de una de las empresas más apoteósicas en la historia de la humanidad: el encuentro del continente americano. Y digo la palabra apoteósico y sé que no estoy exagerando. Porque basta con haber visto cuán enorme es aquello —muy extensa la llanura, monumentales las montañas, densísima la selva, marítimo el caudal en lo revuelto de los ríos y los valles abisales— y cuán desmesurado, para saber que no hay hipérboles (no, no las hay) que puedan rendir cuenta de aquella exuberancia. Apoteósico. Los hombres de barba construyeron, sin ayuda de mapas, los kilómetros completos de todos los caminos entre México y la Patagonia, en menos de cuarenta años.

Pero claro, también pasaron cosas: maltrataron, golpearon, esclavizaron, malbarataron, violaron, arruinaron. Cuando llegaron, mareados, encontraron allí seres insólitos y no pudieron comprender —¿cómo habrían podido comprender si todavía no lo hacemos nosotros?— su voz, su desconcierto, su piel de color tierra, su corazón hecho de soles y de lunas, de chamanes de sonidos extraños. Eran el otro. Eran lo otro. Aquello que había que cambiar para instaurar una utopía. Cuando yo era pequeñita y estaba en el colegio, hacíamos representaciones teatrales para celebrar los días como este. Yo actuaba en el papel de la nativa, me hacía un par de trenzas largas y me pintaba líneas de colores en el rostro. Entonces, cuando otra niña entraba por el lateral del escenario disfrazada de Cristóbal Colón, yo me acercaba y decía mi parlamento: «esta es la tierra del sagrado atardecer, si respetáis nuestro universo seréis bienvenidos».

En aquel tiempo nadie era un inmigrante. Llegaba, sacaba su brújula y, con valentía incuestionable, construía un mundo por encima de otro mundo. A veces me pregunto, cuando es doce de octubre, qué hubiera sucedido si las barcas hubiesen navegado hacia estas costas desde allí, si todos habláramos en náhuatl o en quechua o en guaraní o en chibcha o en la lengua de los guanes, si hubiéramos construido templos para Quetzalcóatl junto al Guadalquivir, qué historia sería esa, qué habría acontecido. A veces cierro los ojos y encuentro, dentro de mí, el recuerdo de aquel cosmos: el oro de la tarde que se derrama sobre el canto de las guacamayas. Un águila y un leopardo, su inquietud avistando carabelas. Y en la huella de ese nuevo primer pie sobre la arena, un enigma larguísimo.

Hoy hace quinientos veintiséis años que empezamos a ser nosotros, los mezclados, los de un poco de aquí y un poco de allí, los que todavía no sabemos quiénes somos pero seguimos buscando, los cuatrocientos catorce millones de personas, los sincréticos, los híbridos. Es una fecha importante y, por eso, me pongo a mirar por la ventana e intento imaginar lo que pasó. Me pregunto si aquello estaba escrito, me pregunto qué arcano modeló aquel nuevo génesis. Porque ese día alguno dijo «tierra» y la tierra se parió a sí misma y vio la luz, en el mundo, otro mundo. Y también esta lengua, mestiza, en la que amo. Y también esta lengua, mestiza, en la que escribo.

Salamanca, 12 de octubre de 2018