Una humana historia

Santiago Abascal, líder de Vox, en una de sus visitas a Salamanca

Lectura recomendada para los que se alistan a VOX.

Alexandri era oriundo de Rumanía y tuve ocasión de conocerlo hace unos años en Salamanca. Alexandri no tenía un duro, tan solo una bicicleta. Alexandri se quería tirar desde el puente de Enrique Esteban al río Tormes. Alexandri tendría unos sesenta y tantos años y apenas sabía hablar en castellano. Pelo canoso, rostro lleno de arrugas. Residía en el barrio de Buenos Aires, en cierta (cristiana) casa de acogida de exconvictos. Cuando pensaba en su mujer e hijos, que vivían a tres mil insalvables kilómetros, se quería tirar al río. Él no podía viajar a su país. La Interpol lo había traído acusado de pertenecer a una banda criminal que operaba en nuestro país. Decía ser inocente. Quizás lo fuera. Tanto da.

El hecho es que Alexandri llevaba seis o siete años pendiente de ser enjuiciado. Los capos de la supuesta trama se habían esfumado y, en consecuencia, el había quedado varado a la orilla del Tormes. Podría haber sido la del Júcar o el Segura. No estaba en la cárcel, tampoco era libre, nadie le daba trabajo. Sin pasaporte, viejo, desarraigado, sospechado, estaba condenado a esperar, sine die, a que para él se abrieran las majestuosas puertas de la ley. Acurrucado a la vera de su inmenso vigilante, con los extremos de sus perneras prendidas con dos pinzas de tender la ropa, esperaba desesperado. Un Josef K revivido. A todos los efectos, Alexandri era “el último orejón del tarro”.  

No para todos, sin embargo. Cuatro o cinco personas se interesaron por él. Una monja de clausura compatriota, una joven y valiente abogada salmantina, y otros que actuamos de comparsas. El hecho es que Alexandri fue expulsado de esa casa de acogida. Quizás introdujo en ella un cartón de vino peleón, llegó de madrugada o se cagó en los muertos de alguno. No era la primera vez. Era un reincidente. Así pues, Alexandri se refugió al amparo de un ojo del puente romano. Compartió, dos o tres noches, la hoguera de una familia rumana mendicante. La joven valiente lo rescató de allí y le encontró acomodo en el Proyecto Hombre, a él y a su bici. Allí se quedó hasta su marcha definitiva.

La instrucción del caso, no recuerdo bien, se llevaba en Cuenca. Así pues, había que dirigirse a ese juez, resultó ser jueza. Solicitar que esa eterna espera se llevara a cabo en Rumanía, junto a su familia. Pinchamos con el turno de oficio. Diligencias inacabables, incomprensión, vericuetos procesales. La monja se arremangó los hábitos, nos tomó la delantera, se largó a Cuenca, habló con la jueza y logró entreabrir las puertas de la ley.

Meses después, la valiente abogada salmantina recibió, desde Rumanía, una carta de Alexandri. Texto inescrutable. Más o menos quería decir: “Gracias a todos, ya no me quiero tirar al río”.