Domingo, 18 de agosto de 2019

El bochorno nacional

Al grueso de la tropa, nosotros, todo este bochorno político le trae al pairo, o peor, le sirve de entretenimiento, de escarnio, mofa y cachondeo general. Las andanzas erótico festivas de Gran Hermano y su tuba de ninis sin oficio ni beneficio no son tan entretenidas como este tiro al ministro y este espectáculo nada edificante con el que nos ocupan y preocupan los próceres de la patria. Y todo mientras los grandes temas o se estancan, o se ven relegados para que no protestemos. Nadie sabe qué pasará con el diesel, ni cómo vamos a pagar la factura de la electricidad y del gas cuando llegue el frío; nadie sabe cómo atajar la parálisis política en Cataluña, ni por qué los ministros todos a una le enmiendan la plana al judicial cuando resulta que hay separación de poderes. Nadie sabe qué pasará con la maternidad subrogada, esa aberración que ahora se pueden permitir los ricos porque eso de robar bebés era franquista e irlos a cultivar a Ucrania es más moderno. Nadie sabe por qué mantenemos ese adoctrinamiento feroz en los libros de texto a los niños, niños que siguen demandando una educación que responda verdaderamente a los problemas actuales y a la nueva sociedad.

Toda una lista de tareas pendientes que, sin embargo, no se abordan o si acaso, se empujan, como el tema del taxi, a otras administraciones. Lo nuestro es ir barriendo debajo de la alfombra mientras nos reímos de lo poco políticamente correcta que es una ministra. O nos sorprendemos del poder en la sombra no solo de empresarios, sino de antiguos jueces, deleznables policías corruptos y hasta eméritos pecadores. El espectáculo de una clase política que hace lo contrario de lo que predica –a mí si me vuelven a dar una lección de lenguaje inclusivo me da algo de la risa- y que se aferra al privilegio denostando sin parar al contrario y sin sentarse a trabajar por el bien común, que después de todo, es su trabajo, resulta tan rastrero y entretenido que el Sálvame es de patio de preescolar. La política ha llegado a un punto tan necio y ridículo que lo único que queda es reírse y hacer cábalas a ver quién sale primero de la casa de Gran Hermano, es decir, de la Moncloa divina del apresurado Doctor Sánchez, licenciado en la facultad de la prisa que no de la precocidad. Uno se sienta frente a las noticias esperando otro tsunami y el siguiente capítulo de la saga Villarejo mientras los problemas, como decía aquella serie impagable de puro sarcástica, crecen. El patio está tan revuelto que da risa y llegamos a la conclusión de que todos son unos vainas, pero vainas sin fundamento o tontos pá siempre. Al final, votaremos con esa desconfianza pura y dura de quien está de vuelta de todo y confía en que no le estropeen lo poco que nos queda. Qué tropa, decía aquel, qué tropa…

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez.