Martes, 23 de octubre de 2018

Pluscuamperfecto de odiar

Ignoro el resultado final de aquella operación llamada “Vía Nanclares” que hace años puso en contacto, con mediación de las autoridades, a terroristas de ETA con víctimas de sus atentados, pero a juzgar por cómo siguen desarrollándose las cosas respecto de homenajes, declaraciones, pancartas, vetos, perdones y olvidos,  y viendo la situación anímica en ambas partes  (en ámbitos privados y salvando excepciones), presumo que la experiencia sirvió únicamente para algún ejercicio personal de compunción cruzado con algún otro de magnanimidad, que debió servir sentimentalmente a algunas conciencias, pero no al fin general de entendimiento, olvido y convivencia a que, se supone, iba destinado.

No se vea en estas palabras desprecio alguno, sino todo lo contrario, por las vías de reconciliación y convivencia necesarias en el final de todo conflicto, pero el enquistamiento fanático que en este país se da desde hace siglos sobre ciertas opciones políticas o cuestiones sociales enfrentadas, y que nos ha sumido en tragedias de sangrienta desavenencia durante siglos, hace que el talante o predisposición personales de un agresor o una víctima, o la buena intención institucional, no sean instrumentos suficientes para resolver en profundidad la niebla de los bosques oscuros del rencor y la venganza.

La reciente propuesta del Ministerio del Interior (“Programa Diversidad”) de reunir a condenados por delitos de odio con víctimas de esos delitos, con el objetivo de reinsertar a los primeros, no solo recuerda la “vía Nanclares", sino que las particularidades de fanatismo, intolerancia, obstinación, gratuita violencia e ignorante estupidez que definen a los llamados delitos de odio (homofobia, aporofobia, machismo, racismo, xenofobia...), hacen que sus víctimas lo sean por su propia condición individual (homosexual, pobre, mujer, negro, extranjero...), y que en los delitos de odio no exista enfrentamiento por disparidad entre dos partes, sino un agresor único que expresa violentamente su odio por incapacidad intelectiva y sociopatía criminal, contra quien no es como él. (Podrá argüirse que muchas víctimas de ETA lo fueron también solo por su condición de persona, y hay  mucha razón en eso, pero las circunstancias político-sociales en que tuvieron lugar a lo largo del tiempo muchos de los crímenes etarras, diferencian de algún modo (que no calificaré) a las víctimas -también a los culpables- de ciertos actos terroristas con los de odio).

La propuesta del Ministerio del Interior, cuya buena intención no se pondrá aquí en duda (sí cierto tufo administrativista y académico en su planteamiento y lenguaje), hace que no pueda evitarse la desconfianza en los resultados de un proyecto que, a priori sería un loable ejercicio educativo individual que, de tener éxito con los delincuentes “tratados”, no influirá ni alterará la entretejida red social en que se gesta el odio. “Recopilar datos sociodemográficos”, “analizar la autoestima, el autoritarismo, los prejuicios y las fobias” o “revisar las metas de cambio planificadas inicialmente y los objetivos terapéuticos alcanzados”, son algunos de los epígrafes de ese proyecto, que anuncian las intenciones de trabajo con individuos delincuentes de odio, y aunque en el mismo, a partir del análisis científico de 600 sentencias, participen prestigiosas entidades, su voluntarista contenido parece más destinado a una recopilación de datos estadísticos que a una ofensiva contra la inquina violenta.

Sin una intervención decidida y permanente de formación escolar en todas las etapas educativas (Valores y no consejas, Ciudadanía y no vasallaje, Ética y no caridad, Integración y no pasiva tolerancia, Respeto y no magnanimidad, Honradez y no fachada, Cultura y no show-bussiness, Igualdad y no uniformidad, Principios y no ocurrencias...); sin un cuestionamiento profundo (y eliminación consecuente) de los dañinos imaginarios colectivos religiosos españoles del machismo, la enseñanza separada, el falseamiento del derecho a la educación o la colonización espiritual de la formación; sin una lucha frontal contra los ritos patriarcales del autoritarismo, la tradición sacramentalista de sumisión y resignación de tanta bienaventuranza, tanto camello y ojo de aguja...; sin sacar a la luz y cuestionar de arriba abajo las falsas concepciones de la hombría (y la feminidad); sin una denuncia explícita del falso orgullo de pertenencia a este lado de una raya en un mapa, que genera la xenofobia como valor o el numantinismo excluyente donde crece el desprecio como mérito y el insulto como autoafirmación ..., cualquier ejercicio de fraternidad contra el odio o de víctimas con los delincuentes de odio, tendrá éxitos tal vez individuales, pero que no anularán la existencia y el enorme crecimiento de unos delitos, los de odio, especialmente aborrecibles y repugnantes  y de los que no habría que olvidar que, en la mayoría de los casos, forma parte también la malasangre y la pura maldad.