Miércoles, 21 de agosto de 2019

La paz y el desarme

No hay camino para la paz, la paz es el camino.

Mahatma Gandhi

Para conseguir la paz hace falta valor, mucho más que para hacer la guerra

Papa Francisco

La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo

Nelson Mandela

El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de la cual dispone el mundo.

Mahatma Gandhi

Siempre debe haber motivos para hacer posible la paz entre los seres humanos, entre las naciones, en el mundo. Una educación para la paz debería enseñarnos a perder el miedo a la diferencia entre los seres humanos, a tratar a las demás culturas en igualdad de condiciones, vacunándonos de la tentación de imponer a los demás aquellos modelos económicos, políticos, culturales y tecnológicos que no nos conducen a la justicia, la solidaridad, al respeto de los derechos humanos y sobre todo a la felicidad. No es fácil educar para la paz en una cultura donde prima el miedo, los fanatismos, las pretensiones de poseer la verdad absoluta que llevan al rechazo y exclusión de las minorías y las diferencias.

Vivir la cultura paz se hace más necesaria ya cada día cientos de personas, familias, mujeres y niños viven bajo la amenaza de la violencia armada. Según Amnistía Internacional, 650 millones de armas circulan por el mundo. La venta de armamentos no solo hace más mortal la criminalidad cotidiana en las grandes ciudades, sino hacen más mortíferas las guerras, con cientos de muertos. Todos los países apoyan los tratados para restringir la venta de armas, sobre todo en países en conflicto, pero lo cierto es que es un mercado clandestino muy activo y lucrativo, incluidas las armas nucleares y químicas.

En el día de hoy las Naciones Unidas nos recuerdan la necesidad de un desarme nuclear, se celebra “El Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares”, máxima prioridad para el desarme. Al armamentismo nuclear tiene su antecedente en la creación en 1945 de la bomba atómica y el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. En 1949, la URRS hace estallar su primera bomba atómica iniciando los planes de armamento nuclear, a la que se van sumando otros países.

En la Guerra Fría el riesgo nuclear fue máximo, pero el riesgo no ha disminuido en la actualidad. En 1965 se crea el Bulletin of the Atomic Scientists, encargado de evaluar el nivel de amenaza de un desastre nuclear, afirmando que el riesgo de guerra sigue siendo alto en la actualidad, a pesar de los pasos hacia la distensión entre Estados Unidos y Corea.

Hoy en día, todavía existen unas 14.500 armas nucleares. Los países poseedores de armamento nuclear cuentan con programas de modernización de sus arsenales a largo plazo con una dotación de fondos. Estados Unidos y Rusia tienen 8.500 armas nucleares, 3.000 de las cuales están desplegadas de forma operativa. Más de la mitad de la población mundial aún vive en países que o bien tienen este tipo de armas o son miembros de alianzas nucleares, según afirman las Naciones Unidas.

En este día, las Naciones Unidas afirman que en 2018 ha habido importantes reducciones de armas nucleares desplegadas desde el apogeo de la Guerra Fría, pero no se ha destruido físicamente ni una sola arma nuclear de conformidad con ningún tratado, bilateral o multilateral, y tampoco hay negociaciones en marcha sobre esta cuestión. Mientras tanto, la doctrina de la disuasión nuclear persiste como un elemento de las políticas de seguridad de todos los Estados que poseen este tipo de arma y sus aliados. Los desafíos de seguridad que aún prevalecen no pueden ser una excusa para seguir confiando en las armas nucleares y olvidar nuestra responsabilidad de buscar una sociedad internacional más pacífica.

En el siglo pasado murieron más de cien millones de personas en diversas guerras. Actualmente contamos con armas nucleares para exterminar al planeta entero, sería un punto sin retorno en la vida del planeta, un insulto a la inteligencia y la dignidad humana. En un planeta casi moribundo por la acción humana, hay una necesidad imperiosa de establecer una nueva conciencia para relacionarnos, que tenga como base el amor y la misericordia, la justicia y el respeto a los derechos en base a una cultura de la paz.

La paz no es independiente de la justicia, sobre todo de la justicia social. La paz está asociada a la voluntad de cambio que alienta las transformaciones urgentes de las condiciones de vida de las mayorías más necesitadas y que reciben mayor violencia. La paz, no es otra cosa que la síntesis de la libertad, la justicia y la armonía.

Educar para una cultura de paz significa educar para la crítica y la responsabilidad, para la comprensión y el manejo positivo de los conflictos, así como potenciar los valores del diálogo y el intercambio y revalorizar la práctica del cuidado y de la ternura, todo ello como una educación pro-social que ayude a superar las dinámicas destructivas y a enfrentarse a las injusticias.