Jueves, 13 de agosto de 2020

Por qué Juan Carlos de Borbón no estudió en Salamanca

 

Siempre con los reyes. Esta universidad … 

(Ricardo Rivero, rector de la USAL, 8/9/2018)

 

No es cosa de enmendar la plana al magnífico rector, que está en su papel al rendir pleitesías varias dentro de los fastos del VIII Centenario de la Universidad de Salamanca. Pero, puesto que ocho siglos de historia son muchos siglos y que el oropel ceremonial se presta al exceso retórico y encomiástico, no en está de más aportar algunas dosis de realismo documental para poner las cosas en su sitio.

Aunque me consta que  hay algunos republicanos dentro de la USAL, –desde luego, menos de los que están en el otro extremo, y menos aún de los partidarios de la adaptación natural al medio, o sea, de la corrección política– quizá es propio decir que la USAL ha estado con los reyes (y, para el caso, con Franco). Pero no viceversa.

El príncipe Juan Carlos no vino aquí a estudiar a pesar de que así lo propuso y lo tenía preparado su entonces tutor allá por 1959, el General Martínez Campos, duque de la Torre. (Más tarde, tampoco vino, aunque pudo haberlo hecho por decisión de su padre, el actual rey Felipe, pero no vamos a entrar en eso de momento).

¿Por qué ocurrió tal cosa?

En teoría, Franco apoyaba la propuesta del general tutor, pues, según le escribe él mismo a Don Juan, conde de Barcelona y entonces pretendiente al trono español, es mejor “una universidad provinciana de efectivos reducidos” que otra de las ciudades grandes, “más difíciles de dominar, con grupos y grupitos de jaraneros y alborotadores”. Y seguramente el Caudillo compartía además el criterio del general tutor de que la USAL era la universidad más antigua y prestigiosa de España.

Sin embargo, el entorno de Don Juan y el gobernador civil de Salamanca desaconsejaban esa opción, aludiendo a ciertos profesores subversivos y a ambientes estudiantiles y callejeros poco adecuados para la formación de un futuro rey. También se hablaba con preocupación de que el tutor salmantino del príncipe iba a ser “un tal Blanco”, que había sido alumno predilecto de Unamuno. (Lo que de paso muestra la ambigüedad radical de la asimilación de Don Miguel por el franquismo). En consecuencia, los juanistas, dentro de los cuales empezaba a tener peso el Opus Dei, propusieron los estudios en San Sebastián y una formación a base de clases particulares. (Al parecer eran Tierno Galván y gente de su círculo, como Raúl Morodo, Elías Díaz e Iris Zavala, los que provocaban esas suspicacias en Salamanca).

Ahora bien: Juan Carlos llegaría a esta ciudad como oficial de los tres ejércitos, después de haber pasado varios años en academias militares bajo la atenta observación de sus profesores, de algún cura tridentino y del susodicho militar, descendiente del “General bonito”, amante que había sido de su tatarabuela. Ya no era un crío frívolo, aunque le fuera la marcha en sus ratos libres, como a cualquier hijo de vecino. Con él venían, además, una escolta y consejeros. La policía local tenía perfectamente controlado el cotarro salmantino, donde unos pocos del PCE, algunos más de sindicatos católicos y socialistas, algún cura obrero, intelectuales y estudiantes –todavía con camisa planchada y corbata ellos; ellas con el pelo cardado y falda tobillera– estaban ya sintonizando con las movilizaciones ciudadanas antifranquistas que se abrían paso en toda España. Todos ellos tan fichados y controlados por la policía como las prostitutas del Barrio Chino (con perdón por la comparación).

No parece pues muy verosímil tales cautelas ante esta realidad local, y menos aún si tenemos en cuenta que Tierno Galván entonces se movía en el entorno de Don Juan y defendía un “europeísmo federal” que lo mismo podía ser una cosa que otra. Y además estaba pluriempleado, dando clases en Salamanca y en Madrid. (Ya en los sesenta Tierno entró en contacto, lo mismo que Ridruejo y otros “liberales”, con el Congreso por la Libertad de la Cultura y otras plataformas organizadas y financiadas por la CIA. Pero esa también es otra historia).

Al final, como siempre, fue el taimado Franco el que se llevó el gato al agua: ni Salamanca ni San Sebastián. Juan Carlos, a quien nadie pidió opinión, fue a parar a El Escorial y a la universidad de Madrid, bajó la observación del sutil Fernández Miranda y del rector y camisa vieja Adolfo Muñoz Alonso.

Como concluye Preston, lo que estaba en juego no era una formación académica. Un rey necesita formación, sin duda, pero no de ese tipo, y algo así le dijo Fernández Miranda en alguna ocasión: no hacen falta libros, sino observación del entorno. Lo que estaba detrás de todo era la ya larga partida de ajedrez político entre el dictador y Don Juan. Se trataba de que Juan Carlos estuviera lo más cerca posible de El Pardo, (lo que se aseguró poco después, cuando Juan Carlos se casó con Sofía y fijaron su residencia en La Zarzuela, a un tiro de piedra). Se pretendía que la lejanía física de Juan Carlos (que nunca fue aceptado como príncipe de Asturias, pues ello hubiera significado reconocer los derechos de su padre al trono) fuera también distancia política respecto de este. Es decir, de descartar la opción de Don Juan como futuro rey Juan III, como ya le llamaban los suyos, los Sainz Rodríguez, Pemán, Luca de Tena y marqueses varios, siguiendo la legitimidad tradicional, y de abrir la perspectiva de una instauración, no restauración, de la monarquía, siguiendo los principios fundamentales del Movimiento y la voluntad del Caudillo de España por la gracia de Dios.

Ya sabemos cómo acabó esta historia, que hemos pergeñado basándonos en obras de P. Preston y de Ignacio Francia. En el CDMH y en el Archivo histórico provincial hay documentos que permitirían ampliarla y podrían muy bien ser la base para un bonito master. Pero no de esos del tres al cuatro que ahora se estilan, sino de los buenos, de “pata negra”, con la marca de la USAL.

Por cierto que Franco, con motivo del VII Centenario de la USAL, también recibió su máster por la cara (alias honoris causa), lo mismo que las Sras. Cifuentes, Montón & Cía. Menos mal que luego la USAL rectificó. Nihil novum…