Domingo, 25 de agosto de 2019

Casetas y toros

Estamos en plenos festejos tradicionales salmantinos, celebrando no se sabe muy bien qué, pero supongo que será algo relacionado con la Virgen de la Vega, patrona de la ciudad desde que en 1618 la hicieron protectora de la villa, aunque los espectáculos mundanos superen holgadamente a las celebraciones litúrgicas que justificarían la diversión de los creyentes.

Lo que comenzó siendo feria anual ganadera a la que acudían propietarios de animales a vender o cambiar el ganado, junto a campesinos y hortelanos que ofrecían productos de la tierra, se ha convertido en gasto municipal para divertimento popular, aprovechado por quienes asisten a los espectáculos organizados, tapean por las casetas y se dejan ver en los tendidos de la Glorieta.

Sin pretender remojar con agua fría el jolgorio que embarga a charros urbanos y rurales participantes en las fiestas, dejo constancia de mi incapacidad mental para comprender el “caseteo” urbano y los pañuelos y silbidos en el coso taurino, atribuyendo a mi desvarío mental la incomprensión por estos recreos que apuntalan mi desconcierto.

Debido al desgaste neuronal que me asiste, no alcanzo a comprender el placer de mis vecinos en procesionar por las casetas, para tomarse de pie, entre empujones, bullicio, polvo y aroma de gases expelidos por vehículos a motor, una cervecita en improvisadas e insalubres casetas, servida en vasos de plástico y acompañada de pincho aderezado con polución ambiental.

También tengo problemas de anquilosamiento mental que me impiden  comprender el interés de algunos ciudadanos en ocupar rocosos tendidos graníticos en recintos circulares al aire libre, para ver como seres de la misma especie vestidos con trajes ajustados arriesgan su vida con hipotético arte y un trapo de franela en la mano, mientras van perforando con estiletes la piel de un animal hasta estoquearlo y apuntillarlo, en juego mortal aplaudido por una multitud sobrada y desocupada, que corea el dramático duelo solitario entre un muñeco trajeado de luces y la brutalidad de una hermosa bestia brava, encastada y encornada.

Pero no hagan caso a lo dicho, porque son desvaríos de sobremesa distendida, tomando orujo de la tierra con amigos y leyendo párrafos del Cossío redactados por Miguel Hernández para ayudarnos a comprender el arte de Cúchares, antes de salir a casetear por la ciudad.