Jueves, 20 de septiembre de 2018

Juan Salvador del Álamo

Algo pasa cuando un modesto le unta el morro a dos figuras y sale en volandas a tocar el cielo de Salamanca
El salmantino Juan del Álamo volvió a abrir la puerta grande de La Glorieta. Foto: Miguel Hernándezi

Algo pasa cuando un modesto le unta el morro a dos figuras y sale en volandas a tocar el cielo de Salamanca. Algo pasa cuando un torero como Juan del Álamo, que empieza de cero cada día, que tiene hambre de triunfo, es capaz de salvar la tarde de uno de los carteles estrella de la feria a mordiscos, con ambición, también con las prisas de quien quiere llegar como sea -unas veces sin ajuste ni  poso, otras más asentado y templado, como estuvo al natural con el primero-. Un torero que anduvo bullidor, con la entrega de quien da todo lo que tiene. Y a quien se entrega entero sin guardarse nada pocos peros se le pueden poner.

Se llevó el lote de la tarde, con un sexto al que enseñó a embestir el capote de Jarocho que derrochó clase, con el que dibujó verónicas de ensueño. Le tocó el lote, sí. Pero a fe que se lo merecía, por su actitud, por sus ganas, por los gestos, que tanta importancia tienen, como esas banderillas con las que sorprendió y puso en pie a La Glorieta, su plaza talismán, después de ser arrollado en tablas. Pero ayer el auténtico ciclón era el hombre, el torero, Juan Salvador del Álamo.

Algo pasa cuando en un cartel en el que están anunciados Morante y Manzanares, tenga que venir Juan del Álamo a lavarles la cara con el ánimo y la ambición de un novillero para que la gente vibre, para que los tendidos se incendien, para que el público dé por bien empleados, no sienta como una estafa los buenos leuros que cuesta una entrada en La Glorieta.

Algo pasa cuando un toro bravo no tiene alma de bravo. Cuando un toro bravo no emociona, cuando un toro bravo no transmite la emoción, el peligro de los bravos.

Algo pasa cuando yo, que me confieso morantista hasta la médula, apenas tengo nada que contar de Morante –ay, mi Morante-, todo sombra nazarena, que apenas dejó unos destellos, un par de verónicas, una media, una trinchera primorosa, algún derechazo…poco más. Poco, tan poco, que ni yo, Morantista “manque pierda” guardo nada memorable en el recuerdo para escribir. Porque si sus toros no dieron opciones, menos ganas de pelea tuvo el de la Puebla.

Algo pasa cuando yo, que amo la belleza, me quedo con la impresión de que Manzanares no ha venido a Salamanca; de que ni estaba, ni se le esperaba, por bonito que sepa hacerlo, por bien que componga la figura, por mucho simulacro de faena que plantease como admirado de que salieran por chiqueros los toros que sabía que iban a salir por chiqueros.

Y a estos dos sí hay que exigirles. Y hay que darles. Porque saben, porque pueden, porque el público acude a verlos con la misma devoción de quien sale de peregrinación para Lourdes. Solo que las vírgenes siempre salen en hombros y tanto Morante como Manzanares salen a pie.

La culpa no fue de los toros, no.