Bandazos Sánchez, o “Lo que tú quieras”

Cuando uno no vive de la política, debería dedicarse a escribir de tantos aspectos como ofrece el devenir diario, por aquello de zapatero a tus zapatos. Lo que sucede es que hasta los que no vivimos de la política sí que subsistimos por ella. Es decir, mucho de lo bueno o malo que trasciende de nuestro bienestar, o malestar, es consecuencia de la forma en que se aplique la política por parte de las personas responsables de llevarla a cabo. Somos muchos los que contemplamos a los políticos desde la barrera, pero a todos nos afecta su labor en la arena de sus decisiones. Por mucho que manifestemos nuestro deseo de “no meternos en política”, lo estamos haciendo cada vez que valoramos las decisiones o cuando depositamos nuestro voto en la urna: pretendiendo elegir el partido cuyo programa se acerque más a nuestras preferencias.

Por haber elegido la democracia como forma de gobierno, aceptamos como dirigentes los que escoja la mayoría. De ahí el deseo de que nuestro voto pueda contribuir a lograr esa mayoría. No es España una de las democracias más asentadas de este mundo. De hecho, está a punto de cumplir sus primeros cuarenta años. Sin embargo, algo bueno debe tener esta forma de gobierno cuando la busca todo el mundo civilizado. Así, tenemos democracias populares, restringidas, liberales, cristianas, directas, orgánicas, representativas, etc. Aquí, afortunadamente, por decisión abrumadora de los españoles, hemos optado por la última. De ahí que, ante la posibilidad de que se transforme en otra especie de democracia prostituida, hasta los menos decididos a meterse en política, debemos levantar la voz advirtiendo los peligros a que estamos expuestos.

Por definición, todos los partidos que no hayan sido previamente excluidos pueden participar en los procesos electorales, y será la decisión del pueblo soberano la que elija a nuestros representantes legales. A los electores nos queda la obligación de aceptar el resultado y, a continuación, analizar la forma en que nuestros gobernantes aplican esa política. Suele ser buena referencia fijarse en los resultados de esa forma de gobernar en otras naciones con la misma teoría. Esa es la razón que nos mueve a opinar.

Desde los años de la II República, España no había tenido gobernantes de partidos que hoy serían considerados anti constitucionalistas. Con mayor o menor acierto a la hora de gobernar, hemos pasado por momentos de apuros y también de bonanzas, respetando siempre nuestra Constitución, aunque en más de una ocasión haya sufrido algún rasguño.

Desde que Pedro Sánchez llagó a La Moncloa, nadie puede estar tranquilo, incluida la misma Constitución. Se aferró a ella cuando vio que se ahogaba y, una vez hizo pie en su isla, todo parece indicar que busca desesperadamente otros salvavidas. Tales son sus ansias de poder, y su afán de protagonismo, que ya no le importa ni el qué dirán. Lanzado por la pendiente de la presunción, poco le importa que un día sí y otro también le descubran descaradas operaciones de nepotismo, con las que aspira beneficiar a todos los suyos. Parece ser que, en su credo político, eso no es corrupción. Es lo que se ha dado en llamar buenismo. Burla burlando van pasando los meses y, salvo cruce de cables poco probable, hará lo posible y lo imposible por llegar a 2020 agarrándose a un clavo ardiendo. Eso de que no todo vale en democracia, para Pedro Sánchez es papel mojado. Ha mentido tantas vece en sus primeros cien días que ya no le creen ni los suyos. El mentiroso compulsivo llega a creerse sus propias mentiras. No voy a perder el tiempo enumerando las “felices ideas” que ha tenido nuestro presidente, dentro y fuera de España, porque ya son de verbena. Suelta sus “paridas” y, cuando el rechazo es manifiesto, no se sonroja lo más mínimo, niega la mayor y obliga a sus “esforzados” ministros/as a ofrecer un nuevo ridículo.

Cuando la inutilidad e ineficacia del gobierno se limita a eso, hacer el ridículo sin más agravante, mal está, pero suele tener remedio: España se desinfla lentamente, el grado de bienestar disminuye, el paro aumenta, pero la sangre no llega al rio. Si pagando ese precio Pedro Sánchez puede disfrutar unos meses de primeras páginas -aunque sólo sea para criticarle- todo se por hacerle el favor a un pobre hombre. Pero si lo que se pretende es aguantar en el machito a costa de acceder a las peticiones de quienes aspiran a destruir nuestra democracia, la cosa es bien distinta. Esos mismos partidos que le han instalado en La Moncloa quieren cobrarse el favor a base de pasar unas facturas desorbitadas, en unos casos, y totalmente inasumibles, en otros. Todos pensábamos -porque Pedro Sánchez lo había repetido hasta la saciedad- que nunca sería presidente del gobierno con los votos de independentistas ni populistas. También en eso estaba mintiendo. Tampoco debemos esperar ningún reproche de quienes ha tomado posesión de cargos bien remunerados, estén o no capacitados para ellos. Solo queda el difícil papel de no pocos militantes y simpatizantes del PSOE que cansados y avergonzados del derrotero de su partido estén dispuestos a decir basta¡

España no puede permitir que un iluminado irresponsable eche por tierra lo conseguido hasta hoy para satisfacer su propio ego. Centro derecha y centro izquierda ya han demostrado que se puede gobernar, y hacerlo bien, sin sucumbir ante delirios que han fracasado allí donde se han puesto en práctica, o a exigencias de quienes nada les importa el resto de los españoles. A juzgar por las concesiones que está dispuesto a conceder, alguien debe hacerle entrar en razón, porque, lo que entendemos por gobernar, Pedro Sánchez ni lo ha intentado. A pesar de los graves problemas que nos amenazan, solo se le ocurren parches que sirvan para enmascarar la gravedad del momento y, por supuesto, nada que pueda molestar a sus compañeros de viaje. Está descubriendo una forma de vivir con la que llevaba soñando demasiado tiempo. Ahora que la tiene a su alcance, basta con echarle un poco más de desfachatez y, ante las peticiones de los que le han tomado la medida contestar siempre: Lo que tú quieras.