Martes, 10 de diciembre de 2019

Hasta el forro

Otro curso. La mayor cambia de profesora y de compañeros. La pequeña cambia de profesora, de compañeros, de ciclo y hasta de edificio. Cambios para una educación en libertad que fomente la formación de la personalidad y todo eso que suena tan bien cuando uno lee el ideario de cualquier centro. Incluso hasta los siempre complicados textos legales de LODES, LOGSES, LOCES, LOMCES y lo que -mierda de políticos- sigan aprobando para que la educación de nuestras hijas y futuras ciudadanas sea algo maravillosamente imposible y volátil como el éter. 

Primer día en la pública. Cole de barrio. Nervios, saludos, reencuentros, apelotonamiento en las puertas. Padres con prisas, madres sin ella, profesores vocacionales derrochando sonrisas y saludos con padres de alumnos y vecinos. Profesores con cara de circunstancias porque sienten la losa de la clase un curso más. Vuelven a la lucha diaria contra la depresión y la ansiedad, contra los chavales a los que tienen que educar sabiendo que ese jamás será su lugar. Obligados por el salario. Incapaces de disfrutar del trayecto porque su única obsesión es no vomitar. Lo siento por ellos, pero más por los alumnos. Algo en el sistema no acaba de funcionar. Seguimos teniendo la educación como último recurso para los profesionales que no consiguen trabajo en su especialidad. Mal. Muy mal.

Mochilas de ruedas, carteras a la espalda, bolsas de mano y bandoleras. Libros, cuadernos, estuches nuevos y el refrigerio del recreo. Las mías llevan un plátano y un yogur líquido. También les he puesto un beso especial y el abrazo de principio de temporada. Saben que lo importante es darlo todo, derrochar coraje y corazón, no dejar de creer y asistir a cada clase como si fuera la última. Los resultados ya vendrán. Nuestra filosofía es la de aprender cosas nuevas pero, sobre todo, ser cada día mejores personas. A por ello.

Llego a casa y me encuentro con dos torres de libros sobre la mesa del comedor. A un lado los de Primero de Primaria: 19 libros para forrar. Die-ci-nue-ve. ¡Diecinueve libros! ¡En Primero de Primaria! Y es que, por ejemplo, en Lengua tiene tres libros de texto -uno por trimestre- y sus correspondientes libros de ejercicios. Otros tres. Lo mismo sucede con las Matemáticas: seis libros para aprender a contar y hacer sumas básicas. Alucino. Luego vienen los dos de inglés con su DVD, los de Ciencias Sociales, los de Naturales, Lectura -con lupa. Sí, co lupa- y sus ejercicios de escritura para la comprensión de la susodicha lectura y -como además de ser del Atleti en casa también somos católicos- el de Religión. Los dejo todos a un lado y forro los de la mayor, los de Tercero de Primaria. Todo mucho más normal. Un libro por asignatura y alguno con su publicación de apoyo para ampliar. Tiro de rollo de forro, saco la tijera y el celo y pin-pan. En un par de horas tengo los doce libros (doce sí, doce. Tercero de Primaria. Exacto. Y me parece normal, eso es. Para que veáis cómo está el tema) forrados y con el nombre escrito en un lugar visible de la portada tirando de rotulador indeleble.

Voy a recogerlas a la puerta. Más apelotonamientos. Más saludos. Madres con prisas, padres sin ellas. Profesoras con sonrisa auténtica, profesoras con mueca de circunstancias. Más abrazos, y besos, y preguntas, y gritos, y me ha tocado con Beatriz, y a mí con Mayte. El niño que pega ya no está en mi clase. En la mía han puesto a dos que han venido nuevos al colegio. Uno es extranjero pero no es de otro color ni nada. En fin… La vida. Y la primera nota de la maestra de la pequeña: “El 19 de septiembre empezaremos a trabajar con los libros. Hay que traerlos todos forrados y con el nombre bien visible”. De camino a casa noto como se me empapa la camisa de sudor a pesar de que está nublado. No me quito de la cabeza los 19 libros que esperan su forro. Die-ci-nue-ve. Cojo aire, aprieto las lágrimas hacia dentro y, sonriendo de mala manera, le digo a mi pequeña que voy a aprovechar el fin de mis vacaciones para forrar todos sus materiales en la mesa de la terraza. Y cumplí.

Acabé bien entrada la noche, poco antes de que se retirara Nadal.