Miércoles, 21 de agosto de 2019

Trabajo y dignidad

Una globalización justa, sería inalcanzable sin trabajo decente, se mantiene como un objetivo pertinente y debe constituir un proyecto conjunto de los actores sociales, políticos y culturales.

Guy Ryder

Director General de la OIT

 

Es necesario pues quitar centralidad a la ley del provecho y asignarla a la persona y al bien común. Pero para que esta centralidad sea real, efectiva y no sólo proclamada con palabras, es necesario aumentar las oportunidades de trabajo digno. Este es una tarea que pertenece a la sociedad entera

Francisco

El trabajo es necesario para la vida del ser humano, debe contribuir a su plenitud y no alienarlo. Para los pensadores contemporáneos, Kant, como Hegel, Marx o Nietzsche, en la relación del hombre con el mundo, el trabajo no tiene otro sentido que hacer del hombre el dueño y poseedor de sí mismo. Para ello es necesario controlar el mundo, la naturaleza en beneficio propio. Lo fabricado o producido nunca es un fin, tiene siempre un valor simbólico, es un medio para conseguir una mayor justicia social en un sistema económico que debe estar dotado de contrapesos.

El problema, es que el hombre ya no es poseedor de su propio trabajo. Cuando surge la modernidad y la industrialización, obligaban a las personas, acostumbradas a darle un sentido al trabajo con sus propias metas y fines, a volcar su habilidad y su esfuerzo en el cumplimiento de tareas que otros le imponían y controlaban, que carecían de sentido para ellas. Se pondrá en marcha una instrucción mecánica dirigida a habituar a los obreros a obedecer sin pensar y a cumplir unas tareas cuyo sentido se les escapaba (Bauman). Se necesitaba solo parte del ser humano, engranajes sin alma integrados en un mecanismo más complejo.

En nuestro tiempo con el neoliberalismo predominante, el trabajo asalariado ha sido uno de los dispositivos de poder utilizados para lograr el consentimiento. El proceso de precarización del trabajo y de empobrecimiento de los trabajadores ha sido una de las tecnologías desplegadas por el poder para la construcción de la nueva arquitectura mundial y globalizada, que necesita sujetos dóciles, disciplinados y bien adiestrados en la normalidad neoliberal (Ana María Rivas).

La sociedad moderna, nos recordaba Hannah Arendt, aniquila toda posibilidad de acción, degradando al ser humano a un animal trabajador. El hombre moderno está sometido pasivamente al proceso de vida anónimo. Incluso la reflexión se degenera reduciéndola a pura función cerebral, reduciendo su capacidad a una mortal pasividad. El individuo abandona su individualidad para poder funcionar mejor.

Nuestra sociedad del cansancio y neoliberales presentan a un individuo que cree liberado de todo tipo de coacciones externas, pero se somete a coacciones internas y coacciones propias en forma rendimiento y optimización. El poder del explotador se traslada al propio sujeto, se cree libre, pero es un auténtico esclavo.  La única realidad libre es el capital que explota la libertad del sujeto (Byung-Chul Han). El capital como decía W. Benjamin es la nueva religión, el nuevo Dios, que despliega un culto que no libera, sino que culpabiliza al individuo.

Inmersos en este mundo globalizado que en muchas cosas nos hemos beneficiado, en los últimos años el mundo ha experimentado trastornos que no han aportado beneficios para la mayoría. Las crisis económicas y las políticas que estamos sufriendo, nos muestran cada día que muchos seres humanos carecen de importancia, que la dignidad humana no cuenta y que este tipo de globalización no cuenta con un fundamento ético que nivele las desigualdades y pueda generar justicia.

Por las páginas de este blog, se han ido deslizando esos efectos negativos en forma de pobreza, exclusión, explotación, cierre de fronteras, rechazo de inmigrantes y refugiados, etc. En lo que se refiere al trabajo, no nos resulta extraño y ajeno, las malas condiciones laborales, los bajos salarios, el desempleo, el subempleo, el trabajo forzoso, infantil, desaparición de la protección social, etc.

El trabajo incide en todos los aspectos de la vida de la persona. El ser humano es el sujeto del trabajo, no es una mercancía, es un bien social. El trabajo incide directamente en la dignidad del individuo, en su solidaridad, en la vida familiar y en su participación en la comunidad. La OIT, entiende que el trabajo decente es aquel que se realiza sin discriminación, con derechos, en condiciones de salud y seguridad, con una remuneración suficiente y con protección social en caso de accidente, enfermedad o vejez

Tres valores son consustanciales al trabajo decente, la dignidad humana, la solidaridad y la seguridad y la justicia social. El trabajo decente es un imperativo para restablecer el equilibrio en esta globalización que rechaza a los más pobres, para poder restablecer el equilibrio y lograr que los valores humanos ocupen el lugar que les corresponde en la sociedad y las decisiones políticas.