Miércoles, 21 de agosto de 2019

Si hubiera sido una mujer...

250

Estoy en el bar de Emilio disfrutando los últimos días de agosto. A mi lado, una familia, (papá, mamá y dos niños) pelean porque los peques no quieren comerse las rebanadas de pan de molde con jamón cocido que les ofrece la madre. Les calculo tres y cinco años.

El padre va por la tercera jarra de cerveza, no le culpo, hace un calor de infierno. La madre deja que se deshaga el hielo en cocacola baja en calorías. Típico, típico.

La mujer, todo paciencia, trata de que los niños coman y les ofrece un refresco de naranja. Los niños, erre que erre, gritando por una ración de patatas.

El padre, que ve crecer el bullicio familiar, va perdiendo la compostura y, con ánimo de que su grito silencie voces más bajas, lanza al aire su bravata: “Por el amor de Dios, o os coméis el bocadillo, o os doy una hostia a cada uno”.

Silencio absoluto. No solo en su mesa, sino en el bar entero. Gracias al amor de dios, el padre ha conseguido que reine la paz, y los niños, tristes y humillados, apuran el bocata.

Se me vienen a la mente Israel y Palestina, donde los judíos se amparan en el amor de Dios para masacrar a los palestinos; ISIS y el terrorismo islámico, donde el amor de dios es la venganza; el trío de las Azores, con un Bush invocando a su dios.

La madre sonríe a los niños tratando de quitar hierro al asunto.

Pienso, si el amor, en lugar de un dios, lo ofreciera una Diosa, otro gallo nos habría cantado.