Domingo, 21 de octubre de 2018

Señales del futuro

Narran las crónicas que el 28 de agosto de 2018, el primer ministro húngaro y el ministro del Interior italiano se reunieron en Milán para “unir posturas antiinmigración”, en lo que se ha considerado “una reunión política, no institucional”. El 14 de junio de 1934, en Venecia, las noticias relataron que el presidente del Consejo de ministros de Italia y el canciller de Alemania, se reunieron en un acto político para fijar posturas comunes en relación a futuras operaciones bélicas y tratamiento a los judíos europeos. El 10 de noviembre de 1938, en la llamada “noche de los cristales rotos”, e igualmente en días sucesivos, la Historia certifica que hordas de radicales nazis se manifestaron violentamente por las calles de varias ciudades alemanas, atacando salvajemente a las personas y destruyendo los bienes de la comunidad judía, sucesos que fueron justificados por las autoridades como “reacción espontánea de la población” tras el asesinato del secretario de embajada Ernst von Rath por un joven judío. El 26 de agosto de 2018, y en días sucesivos, dicen las noticias que hordas de radicales nazis se manifestaron violentamente por las calles de varios lugares de Alemania, especialmente en la ciudad de Chemnitz, y al grito de “nosotros somos el pueblo”, sembraron el terror entre la población inmigrante con agresiones, palizas y ataque a casas y propiedades, lo que las autoridades califican como “reacción espontánea de la población” tras la muerte a manos de un sirio y un iraquí, en una reyerta, del ciudadano alemán Daniel H....

Las persecuciones y ataques xenófobos, que de forma colectiva se están produciendo estos días en Alemania, recuerdan lo más oscuro y trágico (y escalofriante) de los prolegómenos de aquella guerra de indignidad que asoló el mundo hace poco más de setenta años, y que enfrentó radicalmente la civilización con la barbarie en una batalla, a pesar de las cautelas y el miedo posteriores, definitivamente perdida por la primera como hoy puede comprobarse. “No queremos que los extranjeros molesten a nuestras mujeres” es uno de esos gritos escalofriantes (también por su literalidad), que esos llamados neonazis lanzan para argumentar la xenofobia y el ultranacionalismo (y la absoluta falta de humanidad) de quienes dicen sentirse invadidos en su gorda molicie de boca abierta por menesterosos, necesitados y expatriados que huyen, justamente, de invasiones mucho más reales, sangrientas y dolorosas que las que aducen esos relevistas de los camisas pardas.

Las imágenes de las marchas en Chemnitz y otros lugares, como las de las que tienen lugar, cada día con más virulencia, en muchas ciudades europeas, con el gentío brazo en alto haciendo el saludo hitleriano bajo las pancartas “Extranjeros Fuera”, explicitan un discurso xenófobo fruto de la incultura que abona el egoísmo y la deshumanización de la convivencia efecto de la incomunicación pero, sobre todo, son fruto y consecuencia directa del discurso criminal (sí, criminal) de una clase política que, enfangada en luchas electoralistas y repartos de poder, no duda en atizar el fuego de los más bajos instintos de una población previamente maleducada, tenazmente desinformada, seguidista y, en gran medida, estúpida por indolente. Un discurso político vil, que quiere justificar la aberración de los ataques al extranjero y el ultranacionalismo excluyente con argumentos como que “la gente sale a las calles a protegerse” y que utilizan la crisis económica, la ausencia de perspectivas vitales, la inseguridad que azuza la pobreza o la propia falta de respuestas a todo ello de la misma clase política, para incendiar con discursos fascistas de pertenencia, fronteras y falsos orgullos, una realidad demasiado parecida a la que cristalizó en la más salvaje destrucción global sufrida hasta el presente, con más de sesenta millones de muertos y un grado de sufrimiento nunca alcanzado en la historia de la Humanidad.

El titular de no más anteayer “Salvini y Orbán se alían en un frente antiinmigración” (de “encuentro fundacional” lo ha calificado la reaccionaria Le Pen), equivale a decir que los dirigentes políticos, y no solo los que el titular nombra, de una calidad de liderazgo ínfima pero abanderados de (y votados por) el extremismo, hablan para encabezar la fiesta de la xenofobia, la celebración del racismo y el baile de la exclusión, del mismo modo que la noticia de hace ochenta años “El Duce y Hitler se reúnen para tratar de la comunidad judía” equivalió, además de a avisar al mundo de la locura del fascismo, a decirle que los caudillos preparan siempre –siempre- sus armas para su (fallido entonces, aunque no incólume, y próximo ahora, y si no al tiempo) abordaje a la democracia.

Hoy, como si fuese una fiesta del “y tú más”, en nuestro país se desarrolla una especie de competición política de declaraciones y acciones xenófobas que, con unos niveles de inconsciencia que rozan lo criminal (sí, lo criminal) y un lenguaje, formas y propuestas que sobrepasan lo electoralista y lo político para caer en lo indigno, incitan al desprecio, alientan el racismo y, a poco que se desatienda el cuidado de lo que significa humanidad, provocarán la tragedia.