Martes, 20 de noviembre de 2018

Hasta la próxima

“Nunca infravalores el corazón de un campeón”. Estas palabras, con las que decidí titular esta columna allá por febrero de 2015, se las debo a Rudy Tomjanovich, entrenador de los Houston Rockets en la temporada 94-95, quien las pronunció para celebrar el segundo título consecutivo del equipo tejano en la NBA, un galardón conseguido contra todo pronóstico, tras disputar todas las series sin factor cancha y tras haber sido enterrados en vida por la prensa especializada del país.

 

Tres años y medio después, esta columna, actuando como portavoz de su autor, demanda un retiro definitivo, un descanso eterno. Demanda ser lodo, como todo el material que vive y muere cada día en Internet; sedimento que encauce las aguas de nuevos proyectos y colmate nuevas lagunas.

 

Más de ciento setenta y cinco entradas después, siento que todo lo que pienso alguien lo ha pensado antes, que todo lo que escribo ya está escrito, en esta u otras columnas. Si el deporte, por su condición esencialmente humana, es un tema inagotable, no lo es, en cambio, mi bagaje. El recuerdo surge asociado a una emoción y la explosiva mezcla de profesionalización y paso del tiempo atentan violentamente contra la memoria. Seguro que hay mil historias de superación, generosidad y entrega fuera de las cámaras, pero tampoco tengo el impulso necesario para hallarlas.

 

Por eso me despido. Por eso y porque ya no surge cada lunes, o cada martes, el deseo de teclear, de fijar un debate o un encuentro de ideas en torno a quinientas palabras. También porque sobramos los opinadores, de natural prejuiciosos y arrogantes. Por más que haya querido llenar estas páginas de humildad y escepticismo, el hecho mismo de firmar una columna hace vanos estos intentos. Son valores que no se pueden predicar desde un púlpito o una tribuna de oradores.

 

Ahora toca vivir, aunque sea para contarla en otros soportes, puede que incluso en otras vidas. Quede por escrito mi agradecimiento a Salamanca RTV al día, que me brindó la oportunidad de colaborar y disciplinar la anarquía en la que se hallaba instalada mi vida en aquel febrero de 2015, aunque fuera con esa ración de letras que me autodiagnostiqué para sobrevivir.

 Muchas gracias también a todos los que me leyeron y encontraron en estas palabras una útil compañía. Hasta la próxima.