Domingo, 8 de diciembre de 2019

Sudor y lágrimas

En estos días los hemos visto llorar. De emoción o de frustración y sin ningún reparo, han abierto una fuente y han rodado, las lágrimas, mejillas abajo hasta imprimir su huella en el suelo de arena que, sediento, las devora. Es otra manera de regar las plantas, he susurrado, otra forma de ser ecológico. Y, acto seguido, tras esta frase antipática que he capturado al vuelo, en el recinto de mi mente, como a un conejito bufón, me he detenido, sorprendida, a preguntarme ¿qué es lo que acabo de decir? ¿Por qué me ha saltado esta idea, así, de repente, de la caja que contiene los axones, qué ha ocasionado el error de este cortocircuito? Pues sí. Resulta que a todos, sin excepción, los he visto llorando. Haciendo alarde de gotas frente a la cámara que los trae hasta nuestras casas, después de haber cumplido con un esfuerzo no breve para superar una marca o, al menos, para clasificar entre los veinte primeros en las contiendas del Campeonato europeo de atletismo.

Minutos antes los has visto sonriendo, anunciados con algarabía y devorados por el zoom de una lente de enjundia astronómica que nos deja ver el grosor de cada uno de sus cabellos, el diseño y el color de cada uno de sus tatuajes, las marcas del bronceado. Después, los ves corriendo más rápido que un tigre o lanzando jabalinas improbables. Los ves haciendo saltos que son vuelos y cumpliendo, con exactitud, su papel de convertirse en nuestros héroes. Sacrificados en el rigor de los entrenamientos y en el cálculo de calorías desteñidas, estrictas sin sus glúcidos, sin sus carbohidratos. Han llegado hasta ese lugar y nos sentimos orgullosos, como especie, de que haya cuerpos como ellos, optimizados para volar sin alas, tuneados, adiestrados, amasados para ganar, para llegar al oro, para ser, de entre los buenos, los mejores. Los ves correr, saltar, lanzar. Y, poco después, los ves llorando. Llorando goterones porque han ganado o porque han perdido o porque han quedado en la mitad. Llorando porque la jabalina ha quedado acostada, porque el salto no ha superado la marca, porque los obstáculos. Cuando la cámara los pone, enormes, en mitad de tu casa, están llorando. Te dices que es normal, que es casi bonito, que los héroes también lloran. Y te pones de acuerdo contigo misma, dices, vale, lloran, ¿pero tanto?

El mundo en el que crecí nos ha hecho iguales en el llanto y, sintiéndonos cada vez más cómodos, nos es permitido llorar a nuestras anchas. Pero hay algo en el hecho de que un cuerpo preparado para ser invencible se tire al suelo sumido en la desesperación y se ponga a llorar con espasmos por el microsegundo que le ha quitado una medalla, aunque la contienda le prometa millones en futuras regalías por los derechos de imagen y de publicidad. Hay algo que disuena en ese punto de los cuerpos sublimes doblegados por el peso de las lágrimas. Tanto que, a veces, parecieran pucheros dictados por el guion que les indica a nuestros héroes atletas que, para llamar audiencia, están autorizados a ser los mejores siempre que no se les note. Los héroes también lloran, te dices. Y parece una obviedad. Pero hay algo que queda vacío en esas pistas tan llenas de lágrimas. Hay un hueco excesivo. Una desmesura que no encaja en la desmesura de esos triunfos y de esas derrotas, una desmesura que deja de ser hipérbole y se vuelve caricatura. O reality. Llorar a moco tendido se ha puesto de moda, ganes, pierdas o te aburras, en cualquier circunstancia. Y, sí, hacer alarde de emociones delante de una cámara que lleva la imagen de tu desconsuelo a todas partes del mundo tiene apariencia de libertad ganada. Pues ahora también es posible ondear sin reparo la ausencia de templanza: aquella vieja olvidada elegante contención que enseñaba a llevar con rienda corta al caballo salvaje que se nos desboca por dentro. Pero con ese caballo suelto, los triunfos quedan apocados y las derrotas humilladas. Con ese caballo suelto, todo se pone blandito, casi lastimoso. Con ese caballo suelto, no hay libertad que aguante.

Salamanca, 17 de agosto de 2018