Sábado, 18 de agosto de 2018

Entre intolerancias anda el juego

Quien la hace, la paga", “ojo por ojo y diente por diente”. Lo hemos repetido como mantra o letanía desde que tenemos memoria y nos lo hemos creído. Y hasta parece que llevamos unos años en los que los practicamos más, aunque no es el momento para analizar el fenómeno y sus causas. 

 

Buenos tiempos, me parecen a mí, para la intolerancia y malos, en realidad pésimos, para la misericordia. Entre intolerancias anda el juego social. Basta media conversación al azar o dos páginas del periódico, por todas partes saltan reacciones de condena sin respeto o de apedreamiento castigador. Es un síntoma más de que somos una sociedad débil, cada vez más débil.

 

Y esto se nota en todos los niveles. No digamos en el juego político donde la decapitación y el ninguneo son moneda de curso legal; o en el mundo de la economía y de los negocios en el que por definición y según sus mismas reglas de juego no hay margen para ninguna dosis de humanidad; o en las confesiones religiosas en cuyos atrios se han colado con facilidad criterios de descalificación intolerante y de negación de perdón; o en la sencilla vida de todos los días, en cualquier vecindad, oficina o autobús donde la conversación reparte maldiciones y condenas sin empacho ni rigor. Y se hable de lo que se hable, da igual. Y aunque sea sin información alguna sobre lo que se juzga, da igual. Y a brote pronto, sin paso previo y sin repensarlo después, da igual. El regusto de la intolerancia lo tapa todo. Y si hubiera linchamiento, quizás mejor…

 

Por eso no es fácil hoy, en tiempos de Tolerancia 0 (¡qué horror tan fascista!) levantar un canto a la hermana misericordia, tan frasciscana, tan repleta de humanidad, tan henchida de belleza, tan cristiana toda ella por más que ante en los últimos bancos de la vida y hasta la palabra esté relegada a cierto argot de grupos especiales. Ni siquiera se consiente el nombre, que suena a rancio y pobretón. Tan bajo puede caer la calidad del ciudadano. Y algo parecido le pasa a la palabra perdón y a la humanísima experiencia que nombra. Sin embargo "El perdón es preventivo, resiliente, rehabilitador, sanador y regenerativo" dice Mateo Bautista, experto por experiencia en muchas lides humanas y humanitarias

 

Y uno recuerda aquel consejo de don Quijote a Sancho antes de tomar posesión del gobierno de Barataria, en el cuarenta y dos de la segunda parte:

“… aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia». Y antes le ha advertido: Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia

 

Y Cervantes venía de larga experiencia de intolerancias, necesitado todavía de la serenidad calmada de la sabia misericordia.

 

Y al ver y oír a tanta voz justiciera, viene a la mente la extraña sentencia del capítulo dos de la carta de Santiago: La misericordia pasa por encima (“se ríe”, “se jacta por encima”, en el original griego) de la justicia. No estoy seguro de que Santiago, aunque la verdad es que era valiente como “un hijo del trueno”, fuera capaz de repetir hoy aquella frase. Aquí la dejo, la levanto y la pongo en alto a la vista de todos. Nunca se sabe.

 

Por eso cuando se dice “Tolerancia 0” o se arma la ley contra los débiles de turno (emigrantes, ladrones, un criminal cualquiera, el malhechor de turno, presos de Topas, procaces consentidos, etc…)  y más si se hace en determinado tono de viejas inquisiciones, hay algo que no acaba de estar de acuerdo con lo que durante siglos ha mantenido media humanidad. Y sobre todo si se hace al margen de los jueces, a base de grito y desprecio, y desde cierto populismo difuso que, no tiene nada que ver con lo que se llama democracia y sí más bien con lo contrario.

 

Y resumo mi opinión, una más entre tantas pero pensada y contrastada, en estas tres afirmaciones:

 

La misericordia es un lujo democrático, hasta el último puede ser un afortunado sin que se lo merezca.

 

La misericordia la administran los fuertes, es un acto de poderío; la intolerancia es el pataleo de los débiles, es una reacción de cobardía sistémica.

 

La misericordia es desconcertante, pero cargada de humanidad, como cualquier persona, como cualquiera de nosotros. Por eso todos la necesitamos como parte misma de nuestra misma condición.