A toro pasado

Ahora que ha cesado la llamada guerra del taxi –con heridas cerradas en falso-, no está demás reflexionar, en frio, sobre la razón o sinrazón de unos y otros.

Siempre que existe un conflicto laboral, es imprescindible conocer las razones que alegan las partes enfrentadas. En la presente ocasión, el malestar del gremio del taxi estaba latente desde hace tiempo. Justo desde que apareció en escena un sistema que posibilita al viajero la opción de subirse al taxi tradicional o a uno de los vehículos que se alquilan con conductor –VTC-. Esa, y no otra, fue la mecha que incendió el conflicto. Se podrá decir de muchas formas, pero al negocio del taxi nadie ha podido acceder sin la correspondiente licencia. En toda tierra de garbanzos esta figura se llama monopolio. De ahí las elevadas cantidades que se han estado manejando para hacerse con una de esas licencias. A menor escala, con los taxis ha sucedido como con las farmacias. Para adquirir un negocio rentable hay que rascarse el bolsillo. Al estar regulado el número de licencias, disponer de un taxi era la forma de tener asegurada una fuente de ingresos. Como no existe el don de la ubicuidad, el afortunado poseedor de una importante fortuna podía permitirse el lujo de adquirir varias licencias y dar trabajo a varios conductores capacitados, a base de un salario fijo, o a comisión de lo recaudado. Así ha funcionado muchos años y las licencias han ido pasando de padres a hijos.

Los tiempos, afortunadamente, han cambiado y el mundo no puede seguir apoyando los monopolios –oficiales o privados- en perjuicio de la iniciativa privada. Todo ello ha dado lugar a la aparición de otras empresas dispuestas a participar de esa fuente de ingresos. Lo vimos no hace mucho tiempo con el conflicto de los estibadores portuarios, con el de los controladores aéreos o con cualquier otro colectivo que, tradicionalmente, se haya considerado indispensable para el normal desarrollo de cualquier especialidad laboral. Ante la primera amenaza de competencia, la solución es intentar poner al Estado en situación límite, a base de tomar como rehenes a los inocentes usuarios de los servicios afectados.

Como no es bueno generalizar, entiendo que los taxistas pueden tener motivos para plantear alguna reclamación al Estado. Y la huelga, recogida en nuestro ordenamiento constitucional, es un método completamente legal. Legal porque está admitida para impedir los abusos cometidos contra el personal laboral, pero nunca aprobada cuando los métodos empleados perjudican los derechos de quien esté ajeno al conflicto. Si existe una regulación oficial de la proporción que debe existir entre el nº de taxis y el de VTC, es lógico que se vigile el cumplimiento de la norma; y que ese cumplimiento se le exija a la Administración. De igual forma, si en el mundo del transporte de viajeros existen intrusos dispuestos a obtener unos ingresos sin necesidad de pagar impuestos, que se vigile y se persiga también, Pero no vamos a repetir ahora los vergonzosos actos violentos protagonizados por algunos taxistas –manejados demasiado fácilmente con posturas no siempre ejemplarizantes- que han dañado enormemente su propia imagen. Basta con leer que, después del conflicto, han aumentado de forma exponencial los servicios de Uber y Cobify.

Pretender que la potestad de conceder nuevas licencias pase a manos de las autonomías o los ayuntamientos, es querer multiplicar el problema por mil, además de potenciar la carencia de un criterio uniforme. Entre otras razones, porque España es una de las naciones en que la proporción entre taxis y VTC es más favorable para los primeros.

Decíamos al principio que el problema se ha cerrado en falso. En contra de las apariencias, todos los reunidos en cónclave –incluido el Gobierno- tenían verdadera prisa por dejar de ser el malo de la película. Cuando llegue septiembre y se reanuden las negociaciones, todas las partes litigantes deben, en primer lugar, abandonar cualquier violencia innecesaria, ofrecer soluciones viables y, a la vez, estar dispuestas a no perjudicar a nadie. En ese nadie tiene un papel muy importante  el sufrido usuario que todo el mundo parece olvidar; sin acordarse de que es precisamente el que mantiene a las tres partes, a unos en la poltrona y a otros en el negocio. .