Martes, 16 de julio de 2019

Jesús es Vida

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Un hombre se ahogaba y pedía auxilio. El maestro tomó los  corchos  y fue  al sitio donde se oían los  gritos, donde  estaba, efectivamente, uno  de  sus  discípulos, próximo a perecer ahogado.

            -¿Qué te ocurre?- le preguntó.

-Que creí que sabía ya nadar y tiré los corchos; pero si usted no me ayuda, me ahogaré.

            El maestro le arrojó con tino los corchos y le dijo:  

            -Vuelve a  tomar  lecciones  del que te enseñaba, y no despidas otra vez  a  los  profesores   hasta  estar   bien  seguro  de  tu ciencia (Esopo).

            Todos queremos vivir lo mejor posible, aunque,  por otra parte, no cuidamos nuestra vida, la despreciamos y abusamos de ella. La vida es la necesidad básica y primera de todas cuantas tenemos los seres humanos; todos buscamos integridad de vida, seguridad de la vida, una vida feliz y una dignidad de vida. Lo que Jesús quiere es  dar vida, que la gente tenga una vida plena, digna, segura, feliz; por eso cura, da de comer a los hambrientos y  acoge a los excluidos.

            Jesús es vida y ésta la entrega por todos, su muerte es  la mayor prueba de amor que puede dar al Padre y a sus hermanos (Jn15,13). Jesús dice a Marta: Yo soy la resurrección (…) El que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás (Jn 11,25); él vino para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,10). El que cree en él tiene vida; es, precisamente, la fe en Cristo lo que  nos hace justos ante Dios.

            Todo hijo nacido de Dios vence al mundo y la victoria por la que vencimos al mundo, es nuestra fe. La vida que da Cristo es una luz y una fuerza especial que hace posible esta vida nueva. Gracias a Cristo, ya es posible comenzar a vivir con Dios para Dios, participar de la misma vida de Dios, a través del conocimiento de Cristo y del amor mutuo. El creyente tiene que ser de Cristo, pertenecer a él, vivir en él; ser una cria­tura nueva en Cristo (2Co 5,17), revestirse de Cristo (Ga 3,27), dejar que habite en el corazón por la fe (Ef 3,17).

            Se bebe según la sed y para encontrar la fuente sólo la sed nos alumbra (Luis Rosales).  El ser humano tiene sed de eternidad. Está hecho para beber en las fuentes de agua viva, en Dios. No encontrará descanso ni podrá saciar su sed hasta que no se encuentre con el Creador. Esta necesidad  de Dios se revela, a veces,  en la búsqueda insatisfecha y constante de la verdad, de la bondad, de la belleza, de la felicidad y la dicha. Quien busca la verdad, busca a Dios a sabiendas o sin saberlo (Edith Stein).

Quien tiene hambre, lo come; quien tiene sed, bebe de su sangre. La Eucaristía es comida. Necesitamos comer y beber para alimentarnos, poder vivir y trabajar. Compartir la misma mesa conlleva amistad, familiaridad; esto mismo Pablo lo aplicará en sentido espiritual: Somos un pan y un cuerpo, porque todos participamos del mismo pan (1Co 10,16). Cristo en la comida pascual escogió el pan y el vino. El pan es la comida común en muchas culturas; es símbolo de hambre y de alimento, de alegría, de fuerza; es fruto de la tierra y del trabajo del ser humano. Éste tendrá que ganar el pan con el sudor de su frente.

Hay muchos medios que tenemos a nuestro alcance  para participar de la vida de Jesús. Él nos invita a acercarnos a él, a comerlo, pues el que va a él, nunca tendrá hambre (Jn 6,35), y no volverá a tener sed (Jn 4,14). Jesús  es la fuente de agua viva, sólo él tiene palabras de vida eterna (Jn 7, 68). Jesús es el pan de vida. Lo repite Juan varias veces en el capítulo sexto de su evangelio: Si uno come de este pan vivirá para siempre (Jn 6,51). El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6,56). Somos lo que comemos; nos convertimos en lo que comemos. Quien come a Cristo permanece en él, en su amistad, en su amor.

La Eucaristía nos cristifica, nos hace cristianos;  al comulgar con Cristo hemos de comprometernos a comulgar con los hermanos, pues es fácil decir sí a Cristo, pero es más difícil decir sí al hermano. No puede haber Eucaristía sin fraternidad, sin una actitud de apertura, de entrega y de unión con los demás. Compartir la misma mesa conlleva amistad, familiaridad; Pablo lo aplicará en sentido espiritual: Somos un pan y un cuerpo, porque todos participamos del mismo Pan (1Co 10,16). El que come a Cristo tendrá la vida que brota de él, vida abundante, vida verdadera y vida eterna; el que no come su carne ni bebe su sangre no tiene vida. Quien come a Cristo aumenta la fe; la Eucaristía no es algo mágico, sólo tiene sentido desde la fe en el Hijo del Hombre y en la acción del Espíritu. Quien come del pan de vida, se hace al mismo tiempo pan y alimento para los demás. Sin él, sin estar unido a él, no se puede tener vida, ni ser vida para los otros.

Jesús está  dentro de nosotros como un manantial de vida, como una fuente de agua viva que sacia todas las ansias de amor, de verdad, de libertad, de vida. El mismo Jesús nos invita: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Y comenta inmediatamente el evangelista: Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él (Jn 7,38-39). Nosotros tenemos el Espíritu de Jesús.

Quien ha encontrado a Jesús como fuente de agua viva, trata de suscitar la sed en los demás y, al mismo tiempo, tenemos que dar de beber al sediento. A nuestro lado hay muchas personas que la sienten y angustiosamente..

Jesús es camino, verdad y vida y muchos cristianos no lo creen, aunque acudan a él. Así, en uno de los muros de la catedral alemana de Nuestra Señora del Lübeck hay escritas unas lamentaciones que Jesús hace a sus seguidores:

     Me llaman luz y no me creen.

     Me llaman camino y no me recorren.

     Me llaman vida y no me desean.

     Me llaman maestro y no me siguen.

     Me llaman  Señor y no me sirven.

     Dicen que soy justo y no me temen.

     Dicen que soy misericordioso y no confían en mí.