Martes, 11 de diciembre de 2018

El precio

La progresiva elitización (ya sé que la palabra no existe, y ni falta que hace) de la auténtica cultura, que prohíbe y veta a los económicamente desfavorecidos el conocimiento y disfrute de los más valiosos elementos y realizaciones artísticas, se ha visto en los últimos días engrosada por la anulación, en Italia, de la norma que obligaba a los museos del país a abrir gratis un domingo al mes. Así, la contemplación, el conocimiento y el goce (y el disfrute, y la asunción, y la comunicación, y la identificación...) de las maravillas artísticas que albergan la infinidad de museos de Italia, quedan reservadas a quienes pueden pagar las, nada baratas, entradas a esos recintos. Y eso, en España, nos suena mucho.

Al igual que sucede ya en todo el mundo con la audición en directo de las interpretaciones orquestales de la llamada música clásica, que incluye la asistencia a la representación de óperas, oratorios y conciertos sinfónicos o recitales de todo tipo, y del mismo modo que se veta progresivamente, mediante el encarecimiento creciente de los tickets de entrada, el acceso a edificios, catedrales, ámbitos, templos y lugares históricos o de especial relevancia artística, y consecuentemente a las obras de incalculable valor cultural que muchos de ellos albergan, la conversión en producto mercantil de compraventa de los beneficios del disfrute de la cultura, es la directísima consecuencia de la ya imparable vulgarización de los presupuestos de la convivencia, de la deseducación general, de las trabas en la comunicación interpersonal, de la escasez de maduración intelectiva y la misma ausencia de talla ética de las sociedades. Porque si la cultura enseña, provoca, alimenta y educa, su falta oculta, estupidiza, lastra y violenta.

El argumento de que es preciso preservar los elementos culturales valiosos para lograr su conservación, y que por ello, como afirma el ínclito ministro italiano, es necesario “filtrar” mediante el pago de costosas entradas el número y la “calidad” (económica, claro) de los visitantes de museos (o de los asistentes a conciertos y otros), queda desautorizado al comprobarse que el efecto principal de esa “preservación” no es sino posibilitar su exclusivo acceso a quienes pueden pagarlo (comprendan o no su sentido). Así, se consigue remachar la división clasista de, también, el acceso a la cultura y remarcar una y otra vez la desigualdad en algo tan fundamental como el acceso a los bienes culturales.

La conservación, cuidado y preservación de los elementos culturales ha de lograrse mediante el establecimiento de cuidados suficientes centrados en las obras pero también, y de manera principal, en sus disfrutadores, mediante políticas educativas públicas de enseñanza que proporcionen herramientas de conocimiento suficientes para entender, comprender y alcanzar el significado de la cultura en toda su extensión. Controles, normas y procedimientos de cuidado, conservación, protección y restauración de los elementos artísticos de la cultura son desde luego necesarios, mas no mediante esa especie de “selección natural” del nivel económico, sino que han de permitir, como responsabilidad de las administraciones públicas, el acceso a los bienes culturales de cuanta más cantidad de personas sea posible adoptando, naturalmente, las medidas adecuadas para ese acceso. Esas medidas de organización previa, difusión suficiente y preparación adecuada para el conocimiento y disfrute de estos elementos culturales, debería corresponder también, y con acceso general, a los organismos públicos que son, por si a algunos se les olvida, organismos encargados por los propios ciudadanos de, precisamente, la misión de posibilitar, en las mejores condiciones, ese acercamiento.

En una serie de conferencias dictadas en 1872 por el joven Nietzsche, El futuro de nuestras escuelas, el pensador alemán ya auguraba que la verdadera educación pasa por considerar la cultura como un bien superior, lejos de las utilidades economicistas y, de un modo racional, con verdadero convencimiento, ser generalizada, enseñada, mostrada y accesible a todos: “Basta con empezar a ver en la cultura algo que rinda utilidad; pronto se confundirá lo que rinde utilidad con la cultura”. Y, si en la época de Nietzsche se temía que la vulgarización de la cultura podría servir como medio para el embrutecimiento general y la falta de criterio, hoy, mediante la abstrusa labor emprendida principalmente por los gobiernos conservadores (¿alguno no lo es?), de identificación del acceso a la cultura con las posibilidades económicas, se está creando una cultura elitista que disfruta de los más valiosos elementos porque pueden pagarla y, sobre todo, se está dejando en la intemperie de una seudocultura chabacana de bajo fuste y absoluta medianía, a toda una clase social, la más desfavorecida, condenada permanentemente a la charanga y arrojada a la algarabía de la pandereta.